anterior autor siguiente

ODA EN LOOR DE LA MAGNÁNIMA. PIEDAD DE S. M. LA REINA DOÑA ISABEL SEGUNDA

Heureux le Prince empli de pieuses pensées
VÍCTOR HUGO.

Era la noche: tenebroso manto
                Cielo y tierra cubría;
                Sin que templase un tanto
La opacidad de la región vacía,
El rayo de la luna macilento
O el trémulo fulgor de las estrellas;
Pues, cual rastro sangriento,
De un sol de invierno las rojizas huellas
Surcaban solo el negro firmamento.
Pero vuelan las horas: la ruidosa
                Agitación del mundo,
                Se trueca en silenciosa
Calma, y reposo tétrico y profundo.
Blando circula próspero beleño
Suspendiendo a la par goces y enojos,
Y en los brazos del sueño
Olvida el infeliz que ante sus ojos
Ve sin cesar de la fortuna el ceño.

No aduerme, empero, la angustiosa calma
                De aquella noche triste,
                Dolores que del alma
El inmenso vigor solo resiste.
Allá, entre muros de prisión severa,
Mortales gimen que el postrer desvelo
                Y la noche postrera,
Alcanzan ¡ay! en el infausto suelo
Do ya el sepulcro abierto les espera.
Vida y placer devolverá a natura
                La claridad febea,
                ¡Y ellos en la luz pura
Solo verán su funeraria tea!
Y no al término atroz que ven cercano
Los arrastran ignobles sentimientos....
                ¡El destino tirano
Los arrojó con borrascosos vientos
A surcar de la vida el Oceano!

¡Oh! ¿qué pincel tan fúnebres colores
                Puede prestar, que alcance
                A pintar los dolores
Que así vecinos del tremendo trance,
De cada triste el corazón devora?
No solo ve la muerte: la vigilia,
                De espectros creadora,
Presenta allí su mísera familia...
La esposa, el padre, el hijo a quien adora.
¡Mísero infante, cuya blanca cuna,
                De la esperanza nido.
                La pérfida forluna,
Que oyó propicia su primer vagido,
Deja con luto de horfandad cubierta!
¡Mísero infante, que en el pecho tierno
                Lleva la herida abierta,
Que de su vida con brotar eterno
La senda regará triste y desierta!

Mas es fuerza morir, ¡padre infelice!
                Con pavorosos ecos
                Tu corazón lo dice;
Y esa luz bella, que a tus ojos, secos
Por insomnio voraz, la aurora envía,
Te lo dice también: ¡morir es fuerza!
                ¡Marcha a la tumba fría:
No esperes, no, que su guadaña tuerza,
Piadosa a tu dolor, la parca impía!

Fuerza es dejar el hijo abandonado,
                La esposa desvalida,
                El padre desolado,
¡Ay! y a la madre tierna, encanecida
Por años de virtud. De tu existencia,
Que ella cuidára con afán prolijo,
                En tan amarga ausencia
¿Qué le vas a dejar, funesto hijo?
Tu sangre ¡oh Dios! ¡tu sangre por herencia!

¡Tu sangre y su dolor!... ¡Llegó la hora!
                ¡Del noble pensamiento
                La llama creadora
Se va a extinguir; a helarse el sentimiento
En el inmóvil corazón! — ¡Amores,
Glorias, placeres cesan...! ¡ya se escuchan
                Los lúgubres tambores!
¡Ya la esperanza muere!... ¡mas aún luchan
En cada pecho a miles los dolores!

Un súbito clamor se eleva y crece
                En la mansión sombría:
                Crujiendo se estremece
La férrea puerta, que tener debía,
Cual la del reino del eterno llanto,
Del fiero Dante la inscripción tremenda;
                Y estáticos, en tanto
Que abre a sus pasos la temida senda,
Yacen los reos trémulos de espanto.

¡Llegó el instante ya!... ¿Pero qué anuncia
                Esa voz repentina
                Que alto nombre pronuncia,
Con cuyo encanto mágico domina
A toda vil pasión, a todo bando,
Y hasta los tristes sentenciados vuela
                Fausto, sublime y blando?...
¡Ese nombre feliz es ISABELA,
Lo va do quier el eco divulgando!

Lo divulga do quier, y al navegante
                Ya próximo al naufragio,
                No es el iris brillante
Tan fausto anuncio o próspero presagio,
Cual aquel nombre celestial, propicio,
A los míseros es, que en llanto y duelo,
                Por postrer beneficio
Solo ya esperan del airado cielo
El término cruel de su suplicio.

Al nombre celestial que en torno cunde,
                Súbita luz divina
                La esperanza difunde
En la lóbrega estancia que ilumina,
Y una tierna beldad allí aparece,
Que, como el alba de la noche el velo,
                Las penas desvanece
Con la dulce expresión y ardiente anhelo,
Que en sus brillantes ojos resplandece.

¡Es ella, sí, miradla!... pura y bella
                De sus plantas reales
                Sienta la leve huella
De la horrible capilla en los umbrales.
El ángel santo de piedad la guía,
La majestad del Solio la acompaña,
                La siguen a porfía
Las esperanzas y el amor de España,
Y huye a su aspecto la discordia impía.

¡Llega, virgen real! Tu planta imprime
                En la mansión del duelo;
                Ejerce la sublime
Prerrogativa que te otorga el cielo.
Perdona como él, y que la historia
De los monarcas, con tu ejemplo egregio,
                Conserve en la memoria
Que al emplear tan noble privilegio
Dispensan gracia recogiendo gloria.

La tuya ¡oh ISABEL! la tuya hermosa
                En esos rostros mira
                Do tu mano piadosa
Secó el llanto cruel: ella respira
En esas vidas que arrancó a la tumba
Tu corazón magnánimo: se extiende
                En ese que retumba
Eco de bendición, que el aire hiende;
Y aun brilla en el cadalso que derrumba.

La tuya ¡oh Reina! su laurel no tiñe
                Con el sangriento riego:
                Los mirtos que se ciñe
Nacen de amor al sacrosanto fuego;
La gratitud ardiente los colora;
La inocencia les da su aroma santo;
                Y en ellos se atesora
El dulce riego de benigno llanto
Que divina piedad te arranca ahora.

¡Lágrimas deliciosas, que postrados
                Bendicen a tus plantas,
De placer embargados
Los ecos de la voz en las gargantas,
Padres, esposas, hijos inocentes
Que arrancas del abismo de abandono
                Con tus manos clementes;
Por que a la sombra de tu excelso trono
Ni al terror mudo ni al dolor consientes.

Gloriosa en él por dilatados días
                Goza, virgen augusta,
                Las santas alegrías
Del poder bienhechor. La frente adusta
De la justicia tu piedad suavice;
Que el rigor nunca la nefanda tea
                De la venganza atice;
Y justa siempre y perdurable sea
La voz universal que te bendice.

La profunda emoción la mía embarga;
                Y aunque avezado el pecho
                A la desdicha amarga,
Vierte el placer en lágrimas deshecho.
Par a cantar tu nombre al genio imploro;
Mas no puedo, ISABEL, mi lira ruda
                Trocar en arpa de oro:
Humilde te bendice y yace muda...
¡Que otro te cante como yo te adoro!

Junio de 1845

autógrafo

Gertrudis Gómez de Avellaneda


NOTA DEL EDITOR: Esta composición y la que a ella sigue, fueron escritas para el certamen público que celebró el Liceo artístico y literario de Madrid, a propuesta del Señor D. Vicente Bertrán de Lis, y con objeto de rendir el justo tributo de alabanza a la real clemencia de nuestra augusta Soberana, que se había dignado indultar de la pena de muerte a varios sentenciados por causas políticas. Las dos composiciones que aquí se insertan fueron declaradas dignas de premio, por los Señores que componían la comisión de censura, y aunque la autora hizo renuncia de uno de ellos, bastándola para su satisfacción el lisonjero fallo que había sido pronunciado por jueces tan respetables, la junta gubernativa del Liceo resolvió adjudicárselos, por unanimidad de votos, acompañándolos además con dos coronas de laurel que la autora tuvo la honra de recibir de las augustas manos del Srmo. Señor Infante D. Francisco de Paula, quien, por hallarse ausente de Madrid S. M. la Reina, presidió la solemne sesión que con dicho objeto celebro el Liceo.


subir volver Poesías de la excelentísima señora... (1850)   siguiente anterior
aumentar tamaño letra reducir tamaño letra poema aleatorio