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        ELEGÍA II
  DESPUÉS DE LA MUERTE DE MI MARIDO

Cánticos de tus vírgenes sagradas,
Que de tu amor proclaman las dulzuras,
Son esas voces que de unción colmadas
Llegan al corazón graves y puras.

Tu soberana mano ¡oh ser Eterno!
Me ha conducido a tan amable asilo:
Yo reconozco tu afanar paterno
En este que me das, solaz tranquilo.

Permita tu bondad que al dulce coro
Hoy se asocie, aunque indigna, la voz mía:
Cubierta de ciprés mi lira de oro
A ti sus himnos de tristeza envía.

De tu justicia el formidable azote
En mí se ensangrentó por tiempo largo;
Mas si lo quieres tú, que el labio agote
Del cáliz de la vida el dejo amargo.

Prolongue a su placer mi senda triste
Tu providencia inexcrutable y alta;
Que si la fe de tu bondad me asiste
Vigor para sufrir nunca me falta.

Rompes mis lazos cual estambres leves;
Cuanto encumbra mi amor tu mano aterra,
Y haces, Señor, exhalaciones breves
Las esperanzas que fundé en la tierra.

Así, tal vez, tu voluntad me intima
Que solo busque en ti sostén y asiento;
Que cuanto el hombre en su locura estima
Es humo y polvo que dispersa el viento.

Mas no condenes, no, que acerbo llanto
Riegue ese polvo que me fue querido:
Bendiciendo mi voz tu fallo santo
Deja gemir al corazón herido.

El espíritu grande que animaba
Los tristes restos que la tumba encierra,
Oyó tu augusta voz que lo llamaba,
Y esa reliquia me dejó en la tierra.

Ella será, Señor, caro tesoro
De mi memoria en el santuario triste;
Mas ¡ay! no siempre regará mi lloro
La tierra extraña en que solar la diste.

Un extranjero sol sobre esa losa
Verán lucir indiferentes ojos:
La mitad de mi vida allí reposa,
Y a otra tumba daré yo mis despojos.

¡Vírgenes de Jesús, que el blando ruego
Alzáis al cielo, que lo acoge pío!
Yo ese sepulcro solitario os lego
Y en él también mi corazón os fío.

Ya lo purificó la desventura,
Y vuestro puro afecto lo embalsama:
No olvidéis, pues, que en esa sepultura
Velando queda un corazón que os ama.

¡Y tú, ¡Señor! que entre tus hijas santas
Hoy me toleras con piedad benigna,
Acepta con sus himnos a tus plantas
Los hondos ayes de tu sierva indigna!

Setiembre de 1846

autógrafo

Gertrudis Gómez de Avellaneda


Esta composición, como la anterior, fue escrita en el convento de señoras de Loreto, en Burdeos, adonde se retiró la autora inmediatamente después de la sensible pérdida de su malogrado esposo, acaecida en aquella ciudad.


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