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  EN EL ÁLBUM DE LA SEÑORITA ISABEL BUNCH

                        I

Coronada de flores y cantando
La alegre juventud viene a la vida;
No halla una zarza su flotante manto,
Ni su planta ligera halla una espina.

El recuerdo del cielo que abandona
Se mira retratado en su sonrisa,
Y en el fondo se ve de su mirada
La esperanza del mundo que imagina.

Las ilusiones en tropel vistoso
Revuelan sin cesar ante su vista,
Sonidos armoniosos murmurando,
Murmurando de amor frases divinas.

Marcha confiada, y en la abierta senda
Ni el llanto observa ni las tumbas mira,
Pues se entretiene en deshojar las flores
Que de su sien en la guirnalda brillan;

Y en el sendero que feliz recorre,
No halla un abrojo, ni su pie vacila,
Pues las flores que arranca a su corona
Entapizan la senda de la vida.

¡Pobre turpial, que los espacios puebla
Con el acento de su voz divina,
Y los alambres de su jaula cubre
Con el plumaje que a sus alas quita!

¡Inocente y voluble mariposa,
Que vuela errante en la extensión perdida,
Regando el polvo de sus alas de oro
Por dondequiera que inconstante gira!

Y delirando amores y placeres,
La juventud, soñando con la dicha,
No halla una zarza su flotante manto,
Ni su planta ligera halla una espina.

                        II

Tú vienes a la vida sonriendo
De bellas flores con la sien ceñida,
Y sin temor del porvenir incierto
Pues la luz de tus ojos lo ilumina.

¡Oh, quiera el cielo que en tropel vistoso
Las ilusiones por doquier te sigan,
Y con sus alas encantadas cubran
El sendero escabroso que transitas!

¡Que la guirnalda de modestas flores,
Que pura en torno de tu frente miras,
No se marchite al fuego de los años,
Y conserve su aroma y lozanía!

El palpitar del corazón deshoja
Las bellas flores que la sien ceñían,
Y una corona deshojada hiere
La misma frente que adornara un día.

Mas la guirnalda se conserva intacta
Cuando inocente él corazón palpita.
¡Que inocente el latido siempre sea
De tu inocente corazón de niña!

¡Ave feliz, que en tu dorada jaula
Nunca mires tus plumas desprendidas!
¡Mariposa inocente, que conserves
El polvo de oro que en tus alas brilla!

¡Quiera el cielo, Isabel, como yo quiero,
Que en la senda escabrosa de la vida
No halle una zarza tu flotante manto,
Ni tu planta ligera halle una espina!

1858

autógrafo

Gregorio Gutiérrez González


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