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        A MI VECINA

He escuchado las notas de tu piano,
El dulce acento de tu voz he oído,
Y, lo juro, vecina, no es posible
Que te agrade el chillar de los pericos.

En frente a mi prisión tus prisioneros
Al aire dan desapacibles gritos,
Displicentes, agudos, penetrantes.
En tus oídos para herir los míos.

Tiene la Villa más de cien solares,
Cada solar cien árboles crecidos,
Cada árbol cuenta más de veinte ramas
Y cada rama veinte mil pericos.

Y éstos todos, a un tiempo, hacen apuesta
A ver cuál tiene su pulmón más fino,
Y con zambra discorde y guasábara
Puebla los aires su infernal chillido.

Se escucha su chillar, que causa espasmos.
Como el chirrido de amolar cuchillos,
Cual se oyera la turba revoltosa
De mil muchados recortando vidrios.

¡Y tú no estás contenta con los que oyes,
Pues que además enjaulas veinticinco!
¿No temes al histérico, señora...?
¡Suelta, por Dios, los pobres pajaritos!

Respirando, encerrado, olas de fuego
Me atolondran, zumbando los oídos.
Me anonada el calor, pero me mata
El maldito chillar de tus pericos.

¿Por qué, vecina, tu inocencia fija,
Tan mal fijado, tu infantil cariño?
Di ¿no tienes hermanos pequeñuelos?
¿No hay gatos en tu casa? ¿No hay perrito?

¿Por la acera del frente no hay ni un joven
Que pase casualmente... y distraído?
—¿No? ¡Pues que aspiren al honor de jaula
Las chicharras, los pitos  y los grillos!

¿No te dan compasión tus prisioneros?
Concédeles indulto indefinido.
¿No te da pena mi tormento injusto?
¡Vecina, compasión por tu vecino!

Cárcel de Honda, junio de 1862.

autógrafo

Gregorio Gutiérrez González


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