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        ¡A NADA!

(Estaba un día el poeta ocupado, y quizá de mal humor, cuando le presentaron un merengue que le enviaba su amiga Edelmira Botero, con este recado: "Que le diga a qué sabe"; a lo cual contestó: "Dígale que a nada". La obsequiosa señorita, que a su vez había recibido como regalo el exquisito merengue de manos de unas amigas suyas, no quedó naturalmente muy satisfecha con la contestación; así se lo manifestó al poeta apenas le vio, y él entonces, en desagravio, le escribió estos bellísimos versos):


                        I

¿Me preguntas, Edelmira,
A qué me supo esa pasta
Llamada por ti merengue?
Pues oye: me supo a nada.
A nada, muy formalmente
Te lo repito: esto basta.

El sabor es, Edelmira,
Cual la voz, cual la mirada,
Cual todo lo que sentimos
Y cuyo juez es el alma.
Y si no, dime, ¿qué dicen
Los pájaros cuando cantan?
¿Qué dicen cuando murmuran
En blancas guijas las aguas?
¿Qué dicen la blanda brisa
Cuando tropieza en las ramas,
Y el fiero mar que se escucha
Cuando colérico brama?
¿Qué, los truenos cuando rugen
Y entre las nubes estallan?
¿Qué los volcanes publican
Cuando vomitan su lava?
¿Qué se oye, di, cuando suenan
Repicando las campanas,
Y de un péndulo el latido,
Y el de un perro cuando ladra?
Dime ¿no es cierto, Edelmira,
Que brisas, rumores, auras,
Truenos, volcanes, sonidos,
Son mudos, no dicen nada?

¿No has visto tú algunos ojos
Que nos miran y que callan?
¿No has visto algunas sonrisas
Que entre dos hoyuelos vagan,
O bajo naciente bozo
Furtivamente se escapan?
¿Qué dicen esas sonrisas,
Mudo lenguaje del alma?

A la oración, en el campo
¿No has estado reclinada
Mirando pasar las nubes
Que en mil grupos se abrillantan,
Que se escarmenan, se apiñan,
Negras, plomizas o blancas,
Cuando el sol al ocultarse
Débiles rayos les lanza?
Y allí mismo, en esas horas
En el césped recostada,
¿No oíste mugir los toros,
No oíste bramar las vacas,
El relincho del caballo,
El balido de las cabras,
Currucutear  las palomas,
Del gallo el canto, si canta?
¿No oíste de las gallinas
La monótona algazara,
Cuando disputan un puesto
De un árbol entre las ramas,
Y susurran las abejas,
Cuando anhelantes enjambran,
La torcaz que se lamenta
Cuando todo rumor calla?
Edelmira, di, Edelmira,
Todo esto ¿qué dice? Nada.


                        II

A nada, es decir a todo,
Porque esta palabra vaga,
Como el maná del desierto
A cualquier gusto se adapta.
Se escucha lo que se quiere
Porque es fotógrafa el alma,.
Y con su luz un deseo
Es realidad, y resalta.
Y si no, dime, Edelmira,
Cuando los pájaros cantan,
¿No has oído en su lenguaje
Lo que anhelas, y que guardas?
¿Una respuesta no escuchas
Cuando murmuran las aguas,
De una pregunta que a nadie
Has hecho y confiada aguardas?
Y en las brisas apacibles,
Cuando sacuden sus alas,
¿No escuchas en tus oídos
Los mil suspiros que pasan?


                        III

Nos forja la fantasía
Lo que la mente anhelara
Y oímos lo que queremos
Si repican las campanas,
Si mugen fieros los toros,
Si braman tiernas las vacas,
Si melancólica arrulla
La paloma enamorada,
Si el relincho percibimos
Del alazán cuando escarba,
O el ladrido de los perros,
O el gallo criollo que canta,
La torcaz que se lamenta,
O las cabras cuando balan.

El trueno, el volcán, los mares
¿No te espantan, cual te espanta
La realidad de un martirio
Que sus sonidos retrata?
En las nubes caprichosas,
Que tímidamente vagan,
Vemos fantasmas, vestigios,
Demonios, ángeles, hadas,
De púrpura inmensos ríos,
De plomo negras montañas,
Formando nuestro capricho
La figura deseada.
Las sonrisas dicen mucho,
Dicen más que las palabras,
Crepúsculo vespertino,
O tinte róseo del alba,
Ya sean de ira o despecho,
Ya de amor o de esperanza.
Y los ojos, ¡oh Edelmira!
El telégrafo del alma,
¿Cuántas cosas no nos cuentan,
Con una sola mirada?

¡Oh! Cuán amargas las penas
Son en las horas calladas
De una noche de aflicción....
Tan lentas horas no acaban.
Y por eso los murmullos
Que llegan a la almohada
Nos dicen cosas tan tristes
Que mejor fuera ignorarlas.
Y si postrada en el lecho
Sientes la fiebre que mata,
¿No crees que el péndulo imita
De la muerte las pisadas,
Cuando palpitando acordes
Tu sien y el péndulo marchan?
Que el péndulo y las arterias
Compás acordado marcan,
A la sangre que circula
Y al tiempo fugaz que pasa.

En fin, sonidos, rumores,
Sombras, sonrisas, miradas,
Volcanes, nubes y truenos
Dicen todo, o dicen nada.


                        IV

Convengamos, Edelmira,
En que no sabiendo a nada,
Ese merengue exquisito
Mil cosas ocultas guarda.

Yo al probarlo estaba viendo
Esas manos delicadas
De las graciosas criaturas
Que aéreas cosas amasan.
Creí que estaba leyendo
El interior de sus almas
Y en su limpio fondo escritas
Sus ilusiones galanas.
Me supo, y me supo a mucho
Porque no me supo a nada....
Y veía, sobre todo,
Que aquella bendita pasta
Pasando antes por las tuyas,
Luego a mi manos llegaba;
Y pensando en ti leía
Lo que allá en tu pecho pasa,
Donde a leer he aprendido
Por tu voz y tu mirada.

Concluyamos, Edelmira,
¿A qué me supo esa pasta?
A lo mismo que estos versos:
Me supo a todo y a nada.

1871

autógrafo

Gregorio Gutiérrez González


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