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    JÁCARA EN MINIATURA

Desde este desván
o caramanchón,
donde una gran vida
papándome estoy,
veo cuanto pasa,
señor don Simón,
por toda la tierra
medida al redor.
De Lima a Madrid,
de Roma al Mogol,
no hay corte, villorrio,
cabaña o rincón,
do no se haya entrado
de hoz y de coz
la Envidia, y metido
su jurisdicción.
¡Qué estragos no causa,
qué desolación!
Soy duende, y con todo,
me lleno de horror.
Empero más punza
sin contradicción
la infame, y más clava
su diente feroz
en gente sabihonda
de fama y de pro.
No hay cura ni fraile,
no hay estudiantón,
togado, letrado,
doctora o doctor,
que no hiera y manche
con torpe livor.

    Mas ya los poetas,
a quienes guiñó
Minerva propicia
y Apolo fió
su cítara ebúrnea,
son blanco desde hoy
de su venenoso
sangriento furor.
Los sigue y acecha,
les zumba alrededor,
les ladra, los muerde
y sin compasión
los roe y engulle
con rabia feroz.

    Dígalo uno de ellos,
lo diga, si no,
aquel ingeniazo
de los de a doblón,    
aquel gran poeta
que al mundo aturdió
de Aranda a París,
de Zafra al Tirol;
aquel cuyos versos,    
sonando a tambor,
atruenan y aturden
oído y razón.
¡Oh, qué testimonios
que le levantó
la Envidia! ¡Qué chismes!
¡Qué enredos! ¡Qué horror!
¡Qué cosas no dijo!
¡Con cuánta pasión
de apodos y motes
su nombre cubrió!
Llamole trompeta
de Puerta del Sol,
chispero del Pindo,
pluma de antuvión,
autor de desván,
candil y jergón.
Y para que fuese
su fama mayor,
más lindo su nombre,
más hueca su voz,
le trajo de Arcadia
un mote burlón,
y Antioro Deliade
también le llamó.
Ni así la perversa
sació su rencor:
sus dichos, sus hechos
sangrienta infamó,
y a Resma y Gutiérrez
(¡qué mala intención!)
en prosa y en verso
su nombre igualó.

   Mas todo a la Envidia
lo pasara yo,
si no fuese un cuento
de ruin invención,
que para reírse
la pícara urdió.
Contarle quisiera,
señor don Simón,
pero habéis de oírle
con grande atención,
como que os le cuenta
la Envidia, y no yo.

    En fin, como digo,
amigo y señor,
entre otras cosuelas
que le levantó,
decía la Envidia
(¡vea usted qué invención!)
decía que cuando
al suelo hespañol
del vientre materno
cayó este señor,
bajaron las musas,
y en un corralón
juntaron concejo
con grande rumor.
¡Qué mimos no hicieron
al niño rollón,
qué cocos, qué muecas!
¡Sea todo por Dios!
Erato primero
sus dones le dio,
le untó con meloja
la lengua y pulmón,
y para que un día
cantase de amor,
en vez de su lira
le dio un guitarrón.
«Clarín y trompeta
no te daré yo,
dijo doña Clío
con tono burlón;
mas, para que cantes
al gran Barceló
zampoña y corneta
te daré, por Dios,
y para otro dropes
un ronco fagot».

   Con aire gitano,
ladino y chuscón,
la buena ventura
Urania le echó,
y el signo anunciando
de su mamantón:
«¡Oh nene!, le dijo,
¡qué fama, qué honor,
qué glorias, qué timbres,
el tiempo andador
guardados te tiene
en su gabetón!
Un día en la corte
del reino hespañol
serás tú un gazapo
de marca mayor.
Tus obras por calles,
por tiendas, y por
zaguanes, traídas
como en procesión,
de viejos, de niños,
y aun fembras de pro,
serán ensalzadas
sin ton ni sin son;
y entonces tu nombre,
impreso al primor,
por esos dinteles
y esquinas de Dios,
será en letras gordas
sobre un cartelón
rumboso, pomposo,
tamaño o mayor
que el que a sus bragueros
Menine ofreció.
A oscuras, en medio
de tanto esplendor,
quedarán los nombres
que estén al reedor,
incluso el frescote
y atroz titulón
del santo Concilio,
paz sea al traductor».

   Pero sobre todas
las musas mostró
Talía aquel día
su garbo y primor.
Al vate en mantillas
de dijes llenó;
chillole, arrullole,
cantole el ron ron,
besole en la boca,
y el rubio pezón
para almibararle
en ella ordeñó,
diciendo: «Hijo mío
bendito sea Dios,
que para mi gloria
al mundo te echó.
Tú serás un día
mi lustre, mi honor,
y aun mi patroncito,
por vida de briós
Por ti ya no temo
a aquel regañón
que del Peripato
la jerga inventó,
y las unidades
sacó en procesión;
aquel viejo chocho
que el Pindo pensó
rendir a sus leyes
como el Macedón,
su cría, a porrazos
el mundo rindió;
ni del venusino,
rancio preceptor,
que a Octavio y Mecenas
sin tino aduló;
las reglas me asustan
que en larga lición
dictó a los Pisones,
ni las que le hurtó,
sin Dios ni conciencia,
el chusco Boileau,
para irlas cantado
en su Facistol;
ni temo a otros tantos
poetas de pro,
que de preceptistas
tienen opinión
y van con sus reglas
vendiendo alfajor
desde el Tajo al Sena,
desde el Duero al Po.
Más que ellos y ellas
valemos tú y yo,
amén de Moreto,
Lope y Calderón,
y toda la chusma
del zueco hespañol».

   Así de las musas
la risa y favor
gozaba este niño
desde que nació.
Sólo Melpomene
en tal ocasión
adusta y tacaña
con él se mostró,
puesto que ni un dije
ni un beso le dio.

    La causa, señores,
de tanto rigor,
decía la Envidia,
bien me la sé yo.
¿Y quién no la sabe?
Oídme, por Dios,
lo que andando el tiempo
con él sucedió:
Un día el tal nene
(si fue chanza o no
ninguno lo sabe)
al templo subió
de la cancamusa,
y en él de rondón
entrando, el coturno
izquierdo le hurtó.
Calzole en chancleta,
y aunque le atisbó
y siguió un portero,
infame y ladrón
llamándole a gritos,
por fin se escapó,
cojeando y saltando,
por un corredor.
De allí por las tapias
del corral ganó
la casa de Ulloa,
que estaba con Dios.
Ni sala, ni cuarto,
ni alcoba dejó
que no pescudase,
cual diestro ladrón;
hasta que la moza
por fin le sopló.
Montola a las ancas
de un rucio frisón;
llevola a Toledo,
y allí la atavió
con tocas flamantes,
refajo y jubón,
y en fin, de tal arte
me la disfrazó,
que no la extremara
ni quien la parió.
Después su manceba,
sin ley y sin Dios
la hizo; dotola
con gran profusión,
le dio su retrato
en arras, y aun hoy
perdido por ella
anda el pobretón.
¿Quién tal pensaría
de un hombre de honor?
Mas caro la fiesta,
pardiez, le costó,
pues tal amorío
en suma purgó,
no sé si en Melilla,
Orán o Peñón.
Con todo, hay quien jura
que no escarmentó,
y debe ser cierto,
según la opinión
de aquellos que dicen
que a Oliva robó
después los gregüescos
de su Agamenón;
y a otros... Mas basta
de chismes, señor,
y aun éstos los dice
la Envidia, y no yo.
Vea usted aquí un cuento,
señor don Simón,
que, así Dios me ayude,
no puede ser peor.
¡Qué embrollo! ¡Qué enredo!
Parece invención
del tuerto Segarra;
mas témome yo
que en otra oficina
tal vez se forjó.
¿Qué va que aquí anduvo
algún camastrón
medio farmaceuta?
¿Qué va, en conclusión,
que a modo de emplasto
el cuento amasó
y no hubo almirez,
mortero, perol,
retorta, alambique
ni matraz, que no
saliese a la danza
en esta ocasión?
¿No lo dice el duende?
Pues apuesto yo
a que para ello
ya tiene razón.
¡Hay diablo de duende!
No hay bicho peor.
¡Y qué polvareda
al fin levantó
por dar vaya al nuevo
Theatro hespañol!
¡Que viva, que viva
por tal invención!
Voltaire y Racine,
Linguet y Carón,
el buen Signorelli,
Forner y el bufón
de Cosme Damián,
con toda la flor
de los antihortenses,
al duende inventor
darán mil palmadas,
y harán bien, por Dios.

autógrafo

Gaspar Melchor de Jovellanos


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Obras Completas. Tomo I. Edición de José Miguel Caso González. Centro de Estudios del siglo XVIII e Ilustre Ayuntamiento de Gijón. 1984