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        EPÍSTOLA SÉPTIMA
      DE INARCO CELENIO A JOVINO Y RESPUESTA DE ÉSTE

Respuesta de Jovellanos a Moratín

   Te probó un tiempo la fortuna, y quiso
oh caro Inarco, de tu fuerte pecho
la constancia pesar. Duro el ensayo
fue, pero te hizo digno de sus dones.
¡Oh venturoso! ¡Oh una y muchas veces
feliz Inarco, a quien la suerte un día
dio que los anchos términos de Europa
lograse visitar! ¡Feliz quien supo
por tan distantes pueblos y regiones
libre vagar, sus leyes y costumbres
con firme y fiel balanza comparando;
que viste al fin la vacilante cuna
de la francesa libertad, mecida
por el terror y la impiedad; que viste
malgrado tanta coligada envidia,
y de sus furias a despecho, rotas
del belga y del batavo las cadenas;
que al fin, venciendo peligrosos mares
y ásperos montes, viste todavía
gemir en dobles grillos aherrojado
al Tibre, al antes orgulloso Tibre,
que libre un día encadenó la tierra!

   ¡Cuánto, ah, sobre su haz destruyó el tiempo
de vicios y virtudes! ¡Cuánto, cuánto
cambió de Bruto y Richelieu la patria!
¡Oh, qué mudanza! ¡Oh, qué lección! Bien dices:
la experiencia te instruye. Sí, del hombre
he aquí el más digno y provechoso estudio:
ya ornada ver la gran naturaleza
por los esfuerzos de la industria humana,
varia, fecunda, gloriosa y llena
de amor, de unión, de movimiento y vida;
o ya violadas sus eternas leyes
por la loca ambición, con rabia insana,
guerra, furor, desolación y muerte;
tal es el hombre. Ya le ves al cielo
por la virtud alzado, y de él bajando,
traer el pecho de piedad henchido,
y fiel y humano y oficioso darse
todo al amor y fraternal concordia...
¡Oh, cuál entonces se solaza y ríe,
ama y socorre, llora y se conduele!

   Mas ya le ves que del Averno escuro
sale blandiendo la enemiga antorcha,
y acá y allá frenético bramando,
quema y mata y asuela cuanto topa.
Ni amarle puedes, ni odiarle; puedes
tan solo ver con lástima su hado,
hado crüel, que a enemistad y fraude
y susto y guerra eterna le conduce.

   Mas ¿por ventura tan adverso influjo
nunca su fuerza perderá? ¡Qué!, ¿el hombre
nunca mejorará?... Si perfectible
nació; si pudo a la mayor cultura
de la salvaje estúpida ignorancia
salir; si supo las augustas leyes
del universo columbrar, y alzado
sobre los astros, su brillante giro,
su luz, su ardor, su número y su peso,
infalible midió; si, más osado,
voló del mar sobre la incierta espalda
a ignotos climas, navegó en los aires,
dio al rayo leyes, y a distantes puntos,
como él veloz, por la tendida esfera
sus secretos envió; por fin, si pudo
perfeccionarse su razón, ¿tan sólo
será a su tierno corazón negada
la perfección? ¿Tan sólo esta divina,
deliciosa esperanza? ¡Oh caro Inarco!
¿No vendrá el día en que la humana estirpe,
de tanto duelo y lágrimas cansada,
en santa paz, en mutua unión fraterna,
viva tranquila? ¿En que su dulce imperio
santifique la tierra, y a él rendidos
los corazones de uno al otro polo,
hagan reinar la paz y la justicia?
¿No vendrá el día en que la adusta guerra
tengan en odio, y bárbaro apelliden
y enemigo común al que atizare
de nuevo su furor, y le persigan
y con horror le lancen de su seno?

   ¡Oh sociedad! ¡Oh leyes! ¡Oh crueles
nombres, que dicha y protección al mundo
engañado ofrecéis, y guerra sólo
le dais, y susto y opresión y llanto!
Pero vendrá aquel día, vendrá, Inarco,
a iluminar la tierra y los cuitados
mortales consolar. El fatal nombre
de propiedad, primero detestado,
será por fin desconocido. ¡Infame,
funesto nombre, fuente y sola causa
de tanto mal! Tú solo desterraste,
con la concordia de los siglos de oro,
sus inocentes y serenos días;
empero al fin sobre el lloroso mundo
a lucir volverán, cuando del cielo
la alma verdad, su rayo poderoso
contra las torres del error vibrando,
las vuelva en humo, y su asquerosa hueste
ahuyente y hunda en sempiterno olvido.

   Caerán en pos la negra hipocresía,
la atroz envidia, el dolo, la nunca harta
codicia, y todos los voraces monstruos
que la ambición alimentó, y con ella
serán al hondo báratro lanzados,
allá de do salieron en mal hora,
y ya no más insultarán al cielo.
Nueva generación desde aquel punto
la tierra cubrirá, y entrambos mares;
al franco, al negro etíope, al britano
hermanos llamará, y el industrioso
chino dará, sin dolo ni interese,
al transido lapón sus ricos dones.

   Un solo pueblo entonces, una sola
y gran familia, unida por un solo
común idioma, habitará contenta
los indivisos términos del mundo.
No más los campos de inocente sangre
regados se verán, ni con horrendo
bramido, llamas y feroz tumulto
por la ambición frenética turbados.
Todo será común, que ni la tierra
con su sudor ablandará el colono
para un ingrato y orgulloso dueño,
ni ya, surcando tormentosos mares,
hambriento y despechado marinero
para un malvado, en bárbaras regiones,
buscará el oro, ni en ardientes fraguas,
o al banco atado, en sótanos hediondos,
le dará forma el mísero artesano.
Afán, reposo, pena y alegría,
todo será común; será el trabajo
pensión sagrada para todos; todos
su dulce fruto partirán contentos.
Una razón común, un solo, un mutuo
amor los atarán con dulce lazo;
una sola moral, un culto solo,
en santa unión y caridad fundados,
el nudo estrecharán, y en un solo himno,
del Austro a los Triones resonando,
la voz del hombre llevará hasta el cielo
la adoración del universo, a la alta
fuente de amor, al solo Autor de todo.

autógrafo

Gaspar Melchor de Jovellanos


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Obras Completas. Tomo I. Edición de José Miguel Caso González. Centro de Estudios del siglo XVIII e Ilustre Ayuntamiento de Gijón. 1984