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        LAS ARPAS MUDAS

La virgen poesía
huyendo de los hombres,
se pierde en las profundas
tinieblas de la noche.
Las arpas enmudecen,
y el eco no responde
sino a los broncos gritos
de cien revoluciones.

¡Ay, cuando la tormenta
cierne sus negras alas,
la tímida avecilla
se oculta y tiembla y calla!
¿Qué valen sus gorjeos
ante la voz airada
del trueno que retumba
en valles y en montañas?

¡Qué cambio y qué contraste!
Ayer llenaba el mundo
la inspiración sublime
de Schiller, Byron y Hugo.
Hoy sobre nuestras almas,
que envileció el tumulto,
parece que gravita
la losa de un sepulcro.

Miraban nuestros padres
el despertar de un siglo:
nosotros a sus hondas
angustias asistimos.
En su entusiasmo ardiente
su cántico era un himno.
El nuestro ¡oh desventura!
el nuestro es un gemido.

Cuando después de aquella
sangrienta sacudida,
que derribó en el polvo
la sociedad antigua,
con su potente mano
la santa poesía
logró sacar ileso
a Dios de entre las ruinas;

cuando en estéril roca,
entre el rumor confuso
del mar, agonizaba
en su aislamiento augusto
el águila altanera,
tan grande en su infortunio,
que de sus corvas garras
tuvo suspenso el mundo;

entonces, como el germen
oculto que despierta,
y rompe vigoroso
la cárcel que lo encierra,
sobre las viejas ruinas
brotaron por doquiera
la religión, la gloria,
la libertad, la ciencia.

¡Siempre el dolor fecunda!
La tierra, nuestra madre,
sufre el agudo arado
que sus entrañas abre;
el mar tiene sus roncas
y fieras tempestades,
su duda el pensamiento,
la religión sus mártires.

Todo lo grande surge
de este combate eterno
como la luz del choque
del pedernal y el hierro.
¡Felices nuestros padres,
que entonces recogieron
la mies, antes regada
con llanto, sangre y cieno!

¿Es raro que el poeta
alzase himnos de gloria
al Dios que renacía
de entre sus aras rotas?
¿Es raro que cantase
la alborozada Europa
al nuevo sol, naciendo
de la impalpable sombra?

Pero hoy, ¿qué alegre canto
entonarán las musas?
La llama del incendio
nuestro camino alumbra.
La libertad seguida
de alborotadas turbas
arrastra por el fango
sus blancas vestiduras.

El entusiasmo espira
en lecho de dolores:
atónita y turbada
la fe su venda rompe,
y caen de sus altares,
bajo insensatos golpes,
la patria, la familia,
los reyes y los dioses.

¡Todo se anubla, todo
choca, todo está herido!
Pide estragado el arte
su inspiración al vicio,
y entre el alegre estruendo
de infames regocijos,
la sociedad oscila
sobre el medroso abismo.

¡Poetas! Hasta tanto
que la borrasca pase,
colguemos nuestras arpas
de los llorosos sauces.
Tal vez cuando la tierra
nuestros despojos guarde,
el viento las sacuda
y vibren, giman, canten.

Tal vez cuando del tiempo
se amanse la corriente,
nuestros felices hijos
piadosos las descuelguen.
¡Quién sabe! Aunque las densas
tinieblas nos envuelven,
no eres eterna ¡oh noche!
¡dolor, no duras siempre!

Junio de 1873.

autógrafo

Gaspar Núñez de Arce


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