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        A EMILIO CASTELAR

¡Ya triunfó la república! Has vencido.
Tras prolongada y mísera agonía
lanzó a tus plantas el postrer gemido
nuestra sacra y gloriosa monarquía.
No vino a tierra como el cedro erguido
que el huracán y el rayo desafía:
cayó como la mustia y débil hoja
de que en Octubre el árbol se despoja.

¡Ay! ¿Esta sociedad que desespera,
logrará acaso tiempos más felices,
porque haya muerto, sin luchar siquiera
la tradición excelsa que maldices?
¿Se desplomó quizás porque tuviera
podrido el tronco y secas las raíces?
¿Fue su impensada y rápida caída,
torpe venganza o pena merecida?

Si al paso que se extingue y desvanece
como el último rayo vespertino,
renace el orden y la paz florece,
es que cumplió la ley de su destino.
Pero si la tormenta se embravece,
si nos arrolla el raudo torbellino,
si no se aclara el porvenir incierto,
entonces es que asesinada ha muerto.

Mientras el cielo mi conciencia guarde,
jamás se apartará de mi memoria
aquella triste y vergonzosa tarde
baldón eterno de la patria historia,
en que un Senado imbécil o cobarde
vendió sin fruto y entregó sin gloria,
cediendo a los estímulos del miedo,
el trono secular de Recaredo.

No nació la república, gloriosa,
formidable y potente en lid reñida,
ni cual del casto cáliz de la rosa
la pura esencia en ondas esparcida.
Brotó de aquella tarde ignominiosa
como brota la sangre de la herida,
y como en medio de mortales dudas
nació de un beso la traición de Judas.

¡Oh! ¡Quién tuviese la robusta vena
de aquel ilustre historiador romano,
que en libros inmortales encadena
los fieros monstruos del linaje humano!
Mi pluma entonces... ¡pero no! La pena
que envilece al león, honra al gusano:
nunca la ruin bajeza ha merecido
censura eterna, sino eterno olvido.

Tal vez ceñida de fulgentes galas
forjose tu ilusión que en pleno día
la república, austera como Palas,
del cerebro del pueblo surgiría.
Tal vez pensaste que al tender sus alas
paz y ventura y luz derramaría,
siendo para tu fama ¡oh nuevo Orfeo!
la honrada encarnación de tu deseo.

Si el llanto no te ciega, en torno mira
ya tu inspirada voz no la conmueve,
ya tu templanza se convierte en ira,
ya revienta el volcán bajo la nieve.
Ya ha arrebatado tu sonora lira
la desgreñada Musa de la plebe;
ya suena, en vez de tu rotunda estrofa,
brutal insulto y sanguinaria mofa.

Ya con sordo fragor se precipita
y mueve a Dios desesperada guerra,
la santa cruz de los sepulcros quita,
vuelca las aras y los templos cierra.
Ya con furor satánico medita,
no sólo echar a Cristo de la tierra,
sino dejar en su insensato anhelo
mudo y vacío y solitario el cielo.

¡Inútil presunción! Cuando mañana
se agoste, como yerba el poderío
de esta generación soberbia y vana
que lanza a Dios su imbécil desafío;
cuando de su grandeza soberana
quede el polvo no más, árido y frío,
¡tú, redentora cruz! ¡tú, santo leño,
sobre las tumbas guardarás su sueño!

¡Valor, Emilio! El pueblo se desborda
y nuestra gloria secular destruye.
¡Ya no existe el ejército! ¡Ya es horda
la que fue hueste, y se desmanda y huye!
La anarquía los ámbitos asorda,
la honrada libertad se prostituye,
y óyense los aullidos de la hiena,
en Alcoy, en Montilla, en Cartagena.

Tu voz, que siempre condenó la saña
de la turba feroz, de nuevo estalle,
y vibre como el trueno en la montaña
y el bronce de los templos en el valle.
La triste España, nuestra madre España,
se desangra entre el cieno de la calle;
ebrio el desorden la denuesta y hiere.
Agonizando está. ¡Sálvala, o muere!

23 de diciembre de 1873.

autógrafo

Gaspar Núñez de Arce


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