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        RAIMUNDO LULIO
        CANTO PRIMERO
        PROFANACIÓN

Como el radiante sol cuando declina,
la vida con sus últimos reflejos
nuestros fríos recuerdos ilumina,

y vemos todos al llegar a viejos,
el muerto bien que la memoria guarda
más rico de color cuanto más lejos.

Hoy que la edad me postra y acobarda,
mi pasada ilusión cruza furtiva,
al través de los años más gallarda.

¡Oh visión misteriosa y fugitiva,
que remontaste apresurada el vuelo
al centro de la luz eterna y viva!

¡Oh Blanca mía! ¡Oh Blanca de Castelo,
a mis ojos tan casta y luminosa
como las mismas vírgenes del cielo!

Resplandecían en tu faz hermosa
el ampo de la nieve inmaculada
y el matiz perfumado de la rosa.

Y era tanto el poder de tu mirada,
tan intensa su luz, que sus destellos
penetraron en mí como una espada.

Coronaban tu frente los cabellos
como rayos de sol entretejidos,
para que el alma se prendiera en ellos.

Y estaban mis potencias y sentidos
suspensos del aliento de tu boca,
tierno regazo de ósculos dormidos.

Te vi y te amé con la pasión más loca
que puede contener el alma humana
cuando en la altura de sus sueños toca.

¡Cuántas veces al pie de tu ventana,
siempre cerrada para mí, llorando
me sorprendió la luz de la mañana!

Jamás tu acento melodioso y blando
dio forma a una promesa lisonjera,
y entre el cariño y el temor luchando,

a un tiempo mismo generosa y fiera,
parecían decir a mi deseo
tus ojos: —¡nunca! —y tu silencio: —¡espera!

¡Ay, qué terrible incertidumbre! Creo
que es menor la ansiedad, menor la duda
con que el fallo mortal aguarda el reo.

Mas siempre, siempre en la contienda ruda
de mi invencible amor, sombra querida,
te hallé a mi ruego impenetrable y muda.

¡Qué miserable vida fue mi vida!
Brotaban los sollozos de mi pecho
como estalla la llama comprimida.

Y de noche, agitándome en el lecho,
de día, persiguiéndote incesante
con la torpe insistencia del despecho,

cuanto menos querido, más amante,
miraba transcurrir, ardiendo en ira,
como un siglo de angustias cada instante.

¡Qué solitario y tétrico suspira
el corazón que osado se levanta
y en su delirio a lo imposible aspira!

La esperanza del hombre es arpa santa:
pulsa la fe sus cuerdas, y sublime
en medio del dolor, preludia y canta.

Mas si con mano bárbara le oprime
el vil recelo, estéril y cobarde,
en medio del placer, se rompe y gime.

Haciendo de mi amor público alarde
por las calles de Palma te seguía
una tarde de Abril. ¡Qué hermosa tarde!

El sol su excelsa majestad hundía
en el seno del mar, con sus fulgores
arrebolando el término del día,

y llenaban el aire esos rumores
que despiertan, abriendo su capullo
a los besos del céfiro, las flores.

De las palomas el sentido arrullo,
el sonoro bullir de las corrientes,
del viento y de las hojas el murmullo,

todo inspiraba al.corazón ardientes
y tenaces deseos; todo amaba,
auras y flores, pájaros y fuentes.

En árabe corcel, que levantaba
nubes de polvo al estampar su huella,
y el duro freno indómito tascaba,

en pos de ti, que pudorosa y bella
recatabas la faz, con paso lento
iba yo a impulsos de mi negra estrella

Súbito, arrebatado pensamiento
turbó mi juicio y removió las heces
de mi amargo pesar y mi tormento;

recordé con furor tus esquiveces,
sentí en el corazón la mordedura
de la sospecha ruin, una y mil veces,

y descompuesto, ciego, en mi locura
al inquieto corcel piqué la espuela,
para alcanzar por fuerza mi ventura.

Tú, como el ave que azorada vuela,
lanzaste un grito de terror, el grito
de la honrada virtud que se rebela.

Sin duda el hondo torcedor maldito
que excitaba mi afán y mis enojos
debiste ver en mi semblante escrito,

porque cayendo atónita de hinojos,
rígida y sin color como una muerta
volviste a mí los espantados ojos.

—La calle estaba, por tu mal, desierta,—
y ya creía en mi febril anhelo
fácil el triunfo y mi ventura cierta,

cuando de pronto, alzándote del suelo,
hacia una iglesia gótica cercana
avanzaste veloz, clamando al cielo.

Muda de asombro y confusión la anciana
que te seguía, penetró contigo
en la augusta basílica cristiana,

y yo ¡insensato! —con horror lo digo—
provocando de Dios el justo fallo
al bruto indócil apliqué el castigo;

hizo sonar su endurecido callo
en las losas del atrio, y de repente
dentro del templo me encontré a caballo.

Lo que entonces pasó, no habrá quien cuente:
sé que al verme llegar pálido y fiero
corrió sordo rumor entre la gente;

que trastornado yo, pero altanero,
en torno las miradas revolvía,
acariciando el puño de mi acero,

y que con pompa abrumadora y fría
un helado cadáver en la cumbre
del enlutado túmulo yacía.

De los blandones la rojiza lumbre
reverberando en los bordados de oro,
el pasmo de la absorta muchedumbre;

de la terrible música el sonoro
raudal, que con los rezos confundido,
inundaba la nave desde el coro;

el ronco Miserere, ese gemido
de nuestra vanidad, que brilla apenas
para caer en perdurable olvido;

todo, mezclado con mis propias penas,
condenaba mi intento temerario
y el calor apagaba de mis venas.

Me pareció que de su obscuro osario
alzábanse los muertos con estruendo,
envueltos en su fúnebre sudario.

Helóseme la sangre, y revolviendo
con ímpetu el rendal, gané la puerta,
de mi conciencia amedrentada huyendo
lívido el rostro y la mirada incierta.

10 de Febrero de 1875.

autógrafo

Gaspar Núñez de Arce


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