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            A LA PATRIA
  HIMNO CON MOTIVO DE LA PAZ

Dorando la alta cumbre
la ansiada aurora llega,
y ante la viva lumbre
que el ancho espacio anega,
cobarde se repliega
la densa obscuridad.

Ya baña el horizonte
la luz que Dios envía:
ya mar, y valle y monte
colora el nuevo día.
Ya todo es alegría.
¡Poetas, despertad!

La paz tiende su manto
desde el Pirene a Gades:
alzad el himno santo
en campos y en ciudades,
y admire a las edades
vuestro inmortal clamor.

Ascienda en raudo vuelo
la voz de la alabanza;
como cóndor que al cielo
intrépido se lanza.
Cantad a la esperanza:
yo cantaré al dolor.

                    *

No es que al deber ajeno
desdeñe la ventura
que de tu herido seno
las penas templa y cura.
Alma tan seca y dura
no alienta ¡oh Patria! en mí.

Acaso al ver hollada
tu majestad suprema,
¿no fue mi lira espada?
mi voz ¿no fue anatema?
Aún mis mejillas quema
el llanto que vertí.

¿Soy el poeta, acaso,
de las felices horas,
que calla en el ocaso
y canta en las auroras?
¿No estalla, cuando lloras,
mi ardiente indignación?

Pero hoy que conseguiste
cobrar el bien perdido,
y espléndida, aunque triste,
la paz ha renacido,
canto al dolor, que ha sido,
tu santa redención.

                    *

Enigma de la Historia
y escándalo del mundo,
de tu pasada gloria
so el árbol infecundo,
yacías en profundo
letargo secular.

Del fanatismo esclava,
en noche eterna y fría,
tan sólo iluminaba
tu mísera agonía,
la lámpara que ardía
delante del altar.

                    *

Perdida en tu camino
y a obscuras tu conciencia,
el arte sin destino,
sin libertad la ciencia,
tu antigua omnipotencia
no renació jamás.

Pirámide ostentosa
alzada en el desierto,
do incógnita reposa
la vanidad de un muerto,
¡oh Patria! tu famosa
grandeza era no más.

Llamando con su espada
de súbito a tu puerta,
gritó la inesperada
catástrofe: —¡Despierta!—
y el águila su abierta
garra en tu pecho hincó.

¡Oh asombro! Bajo el fiero
dolor de la ancha herida
tus músculos de acero.
cobraron nueva vida:
rugiste enfurecida
y el águila tembló.

                    *

Perdona si la austera
verdad acato y digo:
dolor que regenera
es premio y no castigo.
Confieso que contigo
inexorable fue.

Cuando te vio a la falda
del monte soñolienta,
tendió sobre tu espalda
su azote y la tormenta:
te exasperó la afrenta,
y te pusiste en pie.

                    *

Ardieron tus hogares,
y con mortal quebranto
corrió la sangre a mares
mezclada con tu llanto.
¡Cuánto sufriste, y cuánto
duró tu adversidad!

Pero pasó el torrente,
el sol doró tus ruinas,
y excelsa, refulgente,
aunque ciñendo espinas,
apareció en Oriente
tu augusta libertad.

                    *

¡Ah! Desde entonces luchas
con la traidora hiena,
y su rugido escuchas
impávida y serena.
Tres veces en la arena
domaste su furor.

Cuando tus ansias cesen,
y en tiempos más felices
honrados hijos besen
tus santas cicatrices,
verás como bendices
los frutos del dolor.

                    *

Él con potente mano
labra, organiza y crea
cuando en el yunque humano
con hondo afán golpea
para forjar la idea
que es vida, es verbo, es luz.

Los que dichosos duermen
no sueñan con el cielo:
siempre el dolor fue germen
de algún gigante anhelo,
y Dios, bajando al suelo,
le consagró en la Cruz.

18 de marzo de 1876.

autógrafo

Gaspar Núñez de Arce


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