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        NOCTURNO MAYOR

¡Qué extraño poder transformador el de la noche sobre mis sentidos!
Hay algo que subvierte y cambia todo mi ser entre la sombra.
Cuando llega la oscuridad, yo, un hombre casi siempre rutinario
durante el día; un hombre con facultades gobernadas por su conciencia
como volúmenes latentes conducidos por acorazados silenciosos,
comienzo a separarme de la vida exacta, de los pequeños organismos
diurnos que me acompañan en la luz, entregándome su edén tierno;
sus generosos recursos hábiles para consolidar exitencias nobles
y dar al espíritu posesión de tantas cosas todavía purísimas:
salud, conocimiento justo de las formas, ideas claras de la muerte.
Principio a separarme lentamente de la vida que amamos y entendemos
y a sumergirme en misteriosas naciones de bulbos y de larvas.
Como si mi espíritu estuviera dotado por la sombra de vigor maléfico,
principio a crear células intolerables y desarticulados seres
que desde lo más profundo de sus ciegos ojos me asedian y me agobian.
Penetro a calles de sonidos que no se escuchan y sin embargo
baten en mis arterias cual monótonos tambores a la distancia.
Mi ser se va llenando de gigantescas y negativas construcciones:
negros ríos estancados como represas que amenazan desbordarse;
pájaros que no volaron nunca y están allí como saetas oxidadas.

¡Oh, rebelión de la noche contra mi espíritu insereno!
¡Oh, majestad irresistible que así me ultrajas y subyugas!
¡Hasta cuándo no seré sino despojo de tus abominaciones!
¡Cómo pesas y gravitas sobre mi estirpe atormentada!
¡Qué identificación tan extraña la de mi sangre
con todo lo que es deforme, disgrégase y se pudre!
¡Cómo la fetidez de la infinita materia corrompiéndose
me arrastra a delirar al pie de un orbe de cadáveres!
¡Oh, fuerzas mías castigadas por exterminadoras contradicciones!
¡Oh, cielos míos curvados hacia todo lo que se pudre en los abismos!

Así, en medio de la noche sacrificadora mi voluntad trabaja
activamente para la corrupción, como en la luz para la fuerza
que agítase en los cuerpos trasladándoles sus ondas de energía.
Mi voluntad trabaja en tinieblas para la putrefacción, alzando masas
hundidas ya, sacando chispas sordas de piedras fúnebres, y urgiendo
a la materia para consumirla con vigor más abajo de fosos
donde no existe ni siquiera la viscosidad de lágrimas que irrigan
los panoramas de existencias integrales despidiéndose, apagándose,
ni ese precario vello que sigue creciendo sobre los rostros
de los muertos, como una falsa vegetación de los sepulcros.
¿Por qué no amar la putrefacción y comprender desde ahora
a los gusanos que serán mis compañeros fidelísimos?
¿Por qué no enfrentarme como un hombre a cuanto el ser quisiera
ignorar, y lo combate desde las criptas y las úlceras?
Yo penetraré en la pudrición con mis ojos escarbadores,
dotados de zarpas que remueven escombros y descubren
ese universo de corpúsculos y de gases que labora
debajo de la piel, encendiendo constelaciones carnívoras
de estrellas que taladran los cuerpos aún calientes,
y eclipsan soles derrotados en las planicies de mi angustia.

Muchos de vosotros podríais preguntar: ¿Por qué este hombre habla
de la putrefacción como de algo que esencialmente le perteneciera?
¿Es dueño, acaso, de mundos que nacieron a nivel de las cloacas
y navegan entre el naufragio de sus detritus deletéreos?
Y es verdad. Yo soy el conquistador de un silencio disolvente
defendido por la fetidez que extermina y estrangula.
Si vosotros proliferáis en el calor y en la abundancia,
yo soy el habitante lacerado y pordiosero del submundo.
Vivo de la putrefacción cual un buitre que hallara las claves de su fuerza
satánica, en la podre que a vosotros obsede y aniquila.

No conocéis mis verdaderas dimensiones corporales.
Acechando en mi simplicidad hay una bestia trágica y proscrita.
Mi tacto profundizador no se conoce en la actitud de mis manos
posadas muchas veces sobre las cosas con árida ternura.
La cantidad de sal que desalojan mis párpados nictálopes,
no altera un solo segundo el falaz sosiego de mi rostro.
No hay en mi ser externo ni la más remota huella
de mi culpa o de mi espanto, y al pasar por vuestras casas
no podríais decir, si contemplárais el equilibrio férreo de mi espíritu:
¡ved a un hombre que regresa de la putrefacción y la agonía!

Y es verdad. Mi ser nocturno, el más auténtico, el más fiel y resistente;
el que no me abandonará jamás; el más solo, el más déspota y sombrío;
ese que desconoce la ternura y atiza mis cósmicas venganzas;
ese único ser mío que soporta el escándalo de las tinieblas
y conduce sobre los hombros púgiles la destrucción de su propio mundo
ese vive entre el deleite insano y el deslumbramiento del horror que llega
cuando la oscuridad, cómplice arcángel de mis sueños caústicos,
me conforta con su cariño inmerso, con su lealtad borrosa,
parecida a esa aglomeración de nubes mudas, alucinantes,
que baja morosamente con la noche sobre los muertos y las ruinas.

Mas, no compadezcáis mi sangre plena de bárbaros preludios.
No supliquéis piedad para mi corazón impenetrable.
No me digáis: vuelve al día en que nosotros dialogamos,
y eleva a sus misterios de luz los climas de tu espíritu.
Dejadme con mi celeste podre, con mi pasión que afrenta y nubla.
La claridad empequeñece mis rotaciones y sus alcances disminuye.
Los luceros más extraordinarios brillan mejor desde la sombra.
Yo soy así. El día opaca mis facultades y me ordena.
La noche hace crecer mi espíritu, lo arrastra, lo enfurece.
Le da un poder fantástico, un empuje que estínguese en el día.
Dejadme en la penumbra en que se apoya mi proclive fortaleza.
Dejadme acumular el poderío de la putrefacción y la amargura.
Son mi raíz monstruosa y el termómetro de mis temperaturas ásperas.
Pero así, segregado, desprovisto de claridad, tan árido,
yo soy entre la noche más fuerte que vosotros, más entero;
más engendrador inteligente de vidas delirantes.
¡Mi noche! digo siempre. ¡Mi absurda noche hipnólatra y sellada!
Y un hondo vaho de estrellas y corazones putrefactos me sostiene.
Y un golpe de tragedias bajísimas, universales, me transforma.
Y alcanzo la estatura más grande, inmaculada y eterna de la Vida!

autógrafo

Germán Pardo García


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