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        EL FESTÍN DE BERT

zo ben ik een deur
Bert Schierbeek, «De deur»

A Chloe

El vidrio estaba helado en la ventana.
Al Vondelpark la primavera no había llegado.
Bajo la lluvia el ayer y el hoy parecían iguales.
Bert llegó en un taxi. Sacudido por el viento
entró a su casa. En silla automática lo subieron
por la escalera como a un poeta rumbo al cielo.
En el hospital le habían diagnosticado cáncer.
Ninguna medicina podría curarlo de la muerte.
Sus pasos finales andaban fuera de sus poemas.
Su mujer había ido temprano al supermercado.
Yo era el invitado extranjero. El amigo de años.
Había venido para acompañarlo en su último lunch.
Su apetito era insaciable, quería devorar la vida
hasta la indigestión, hasta la inconciencia,
como si sus manos y sus ojos tuviesen hambre.
Sentado a la mesa lo vi atacar arenques, anguilas,
ostras, mejillones, patatas, jamones, quesos, panes,
chocolates fundidos, compota de ciruelas, cafés,
speculaas, pastelitos de hojaldres y helado de vainilla.
Para colmar su sed bebía ginebra, cerveza, vino blanco,
y, como si hiciese falta, con la mirada tragaba el agua quieta,
pero elusiva, de los canales de Amsterdam.
Su memoria, esparcida en ciudades y soledades,
se juntaba con un presente en forma de comida.
«Las nubes son las montañas de Holanda», le dije.
«Entonces yo soy una puerta», dijo él, y siguió
comiendo trozos de vida, fragmentos de poemas,
la geografía rota de su rostro surcado de arrugas.
Todo mientras un oscuro día frío
entraba por la ventana y cubría su cuerpo.

autógrafo

Homero Aridjis


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