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        MAÑANA DE LLUVIA EN CONTEPEC BAJO UN PORTAL

Junto a su padre, que recargado en la pared duerme de pie, el hijo del cartero, silenciosamente se deja ser, como quien mira. En las ventanas de la casa de al lado las gotas abren caminos sucios y un Dios pluvial chorrea en los vidrios. Entre dos bancas pétreas, la puerta de la cantina se abre con su mal aliento. Bajo el portal, la mujer del cartero mece a su niño, y su madre vieja parece haberse muerto en una de las bancas, con una mosca quieta en la cabeza. Es poco el ruido de las nubes para tanta lluvia, y mucha oscuridad para las once de la mañana. El aire ha enfriado la tierra, y el perro del cañero, echado sobre las piedras húmedas, a veces gime. Un pichón entra al portal con las alas mojadas, y la niebla ha borrado los cerros. En la puerta de la cantina, como un diente, el cantinero mira a la mujer del cartero, impedido por el espacio de aire que separa a los que se desean. Ella entresaca la teta para amamantar al bebé, y él se rasca el estómago por debajo de la camisa, entrecerrando sus ojos letárgicos de buey. En tomo, la luz disminuida se entristece, y con sombras a su alrededor, las mesas de la cantina crujen, y colmados de noche los rincones lloran. Rebuzna el asno gris del cantinero y la lluvia cesa. El sol atravesando las nubes como si fuesen hojas, pone sobre el instante el infinito.

autógrafo

Homero Aridjis


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