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        UNA MUERTE DE RUY LÓPEZ

Jugaba Ruy López con Alfonso Cerón una partida de ajedrez, frente a Felipe Segundo.

Uno tras otro, los jugadores de la corte habían pasado ante Ruy, quien tenía una torre en una cadena de oro colgándole del cuello. Y uno tras otro los derrotados eran sometidos a la frialdad del cuchillo.

El invencible Ruy López parecía inmóvil en su asiento, custodiado por dos obispos gordos, también inmóviles; mientras Felipe Segundo se entretenía con sus jugadas y con los acordes de su vihuelista Miguel de Fuenllana, quien cantaba:

                          De Antequera salió el moro,
                          tres horas antes el día...

Y a quien hizo silenciar con un gesto, para que no perturbara a los que pensaban.

—La tiniebla futura de los hombres está ya en tu presente —decía Ruy a Cerón, indicando al músico ciego, como si éste fuera una materialización humana de su frase o de su fantasma.

—Tengo tantas preguntas que hacerte —le replicaba Cerón, acomodándose la corona de oropel que le había puesto un bufón en la cabeza—, que no te hago ninguna.

—Ama tus últimos momentos —le aconsejaba el sacerdote ajedrecista, balanceando como un péndulo su torre, preparado para darle mate—. Pues es lo único que tienes.

Al decirlo, la corona de oropel de Cerón se ladeaba y su mano temblaba sobre la reina que iba a perder.

—Consejo para la próxima vez que juegues —le decía Ruy, como si considerara la partida acabada—. Coloca a tu contrincante de tal modo, que tenga la luz del sol en los ojos.

En ese instante, Alfonso Cerón perdió y fue acuchillado. Los obispos aplaudieron, de Fuenllana empezó a cantar:

                          De los álamos vengo, madre,
                          de ver cómo los menea el aire...

Después, Felipe Segundo se sentó frente a Ruy a jugar. Pero la partida fue breve, a causa de que el ajedrecista de Segura descubrió que el Rey jugaba sin rey y reponía las piezas perdidas, teniendo una gran cantidad de reinas, de caballos, de alfiles y de torres en las manos.

—Imposible ganar —le dijo Ruy—, y sí posible perder por cansancio y aburrimiento.

Por lo cual, Ruy López fue acuchillado. Mientras de Fuenllana, silencioso como un mueble, avisado en su oscuridad de que el rey había ganado, empezó a tocar.

autógrafo

Homero Aridjis


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