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              ELEGÍA

Valparaíso--1877
Caracas--1899

Bajo un Cristo de mármol, que sombrea una palma,
Descansa para siempre la amada de mi alma.
Bajo un Cristo que se alza con los brazos abiertos,
La amada de mi alma descansa entre los muertos.

Era un lirio en figura de mujer. Era un lirio
Que la vida apagaba como llama de un cirio.
Abstraída en sus sueños, a todo indiferente,
Vivía vida interna, vivía mentalmente,
Porque fue la incansable, la errabunda viajera
Del azul y lejano país de la Quimera,
Donde abrirse veía, bajo un cielo risueño,
Los lirios no tocados, las rosas del Ensueño.

Del tropel de los hombres esquivó la alegría,
Flor pálida, flor triste, flor de Melancolía.
Desligada de cuanto seduce y enamora,
No pidió a las tinieblas de la noche, la aurora,
Porque en su mente ardía siempre una clara estrella,
Y su mundo de sueños iba siempre con ella.

Ya, bajo extraños cielos, en edades remotas,
Desde alcázar sombrío, junto al mar, las gaviotas
Volar miraba, mientras entre las grises brumas
Llegaban a la playa deshechas las espumas;
Y a la senda lejana, que alumbraban los rojos
Rayos del sol poniente, dirigía los ojos
En vano. Y no llegaba su señor, el guerrero,
El del caballo árabe, el del cortante acero,
El del penacho blanco.
                                          Ya era Beatriz o Laura;
Ya en los Juegos Florales era Clemencia Isaura,
Y, Reina de la fiesta, bajo luces y flores,
Los cánticos oía de errantes trovadores,
Que en el feudal castillo loaban su pureza,
Y al son de bandolines cantaban su belleza.
De negro terciopelo vestida, y larga cola,
De perlas adornada, y al cuello blanca gola,
Por verdes alamedas con el amado iba
En noches estrelladas y diáfanas.
                                                            Furtiva,
La luna, los miraba tras el ramaje espeso,
En tanto que vibraba la música de un beso.

Ya alzábanse en su mente fantásticas las calles,
Llenas de luz y cantos, de un ideal Versalles,
Y de acordadas músicas al dulce y vago son,
De damas y galanes poblábase el Trianón,
Y sobre altos tacones descansando su pie
Era allí por su garbo la reina del minué...
Porque fne la incansable, la errabunda viajera,
Del azul y lejano país de la Quimera.

Amó el silencio. Vida de quietud fue su vida;
De un ideal Ensueño la casta prometida,
Buscó el silencio siempre, buscó el recogimiento,
Y así nutrió en la calma de luz su pensamiento.

Amó los versos tristes, los que cantan dolores
Recónditos y mudos, y hablan de secas flores
Que marcan una página; de soles extinguidos
Que alumbraron la dicha de dos almas; de nidos
Donde cayó la nieve; de los blancos pañuelos
Que en la playa se agitan diciendo Adiós; de anhelos
 Imposibles; de plantas que punzan los abrojos...
¡De nombres que son lágrimas eternas en los ojos!

En su alma cantaba la armonía.
                                                        El piano,
Amado confidente, fue dócil a su mano,
Y evocaban sus notas las leyendas del Rhin;
La barca con el cisne del rubio Lohengrin;
La luna sobre campos cubiertos por la nieve;
La luna sobre lagos y sobre el mar; el leve
Rumor del aura; el beso de un labio en la agonía:
Las flores del sepulcro; la cama dura y fría

De tierra donde duerme lo que en la vida amamos;
La trenza de cabellos que en lágrimas bañamos;
Por el ser que agoniza la postrimer plegaria,
Y el grito en las tinieblas del alma solitaria.

A mi memoria vuelve, como en felices días,
A evocar del pasado recuerdos y alegrías;
La muerte, de sus sombras calladas, la devuelve
Intacta ante mis ojos, y torno a verla...

                                                          Y vuelve
De traje gris vestida, su color preferido;
Un ramo de violetas sobre el pecho prendido
(Las flores que ella  amaba); la cabellera oscura
Y crespa, en dos partida; delgada la cintura;
Esbelta; el busto breve como de estatua griega;
Pálida como lago tranquilo donde riega
Su luz la luna en noche de invierno; las pupilas
Negras, con puntos de oro, y en torno azules lilas;
La voz nerviosa y rápida; larga y fina la mano;
La boca, dos botones de rosa en el verano,
Y como perla de agua que al claro sol se irisa,
Como radiante estrella, su púdica sonrisa.

Así fue, y así vive.  Vive así, casta y pura,
En mi memoria, espejo do esplende su hermosura
De nostálgica virgen, con nostalgia del cielo,
Con nostalgia de mundos que conoció su anhelo,
Con nostalgia de edades remotas.  Es la estrella
Que surge de las sombras, más diáfana y más bella.

Como tronchado lirio la vi sobre su lecho,
Como una flor de nieve: las manos sobre el pecho
Y un crucifijo en ellas; el cuerpo frío, inerte;
En sus mejillas pálidas las huellas de la muerte:
Entornados los párpados; la nariz afilada,
Y mustia ya la boca como una rosa ajada.
Entonces, junto a ella, mudo caí de hinojos,
Postrada el alma, y llenos de lágrimas los ojos,
Y como ofrenda última de un casto y triste amor,
Cubrí de blancas flores aquella muerta flor.

¿Amó? ¿Cruzó su éxtasis una imagen querida?
¿De un ideal Ensueño fue solo prometida?
Cuando en las tardes grises, sentada en su ventana,
Hundía las pupilas en la extensión lejana,
¿El que la amó en silencio, y ambicionó la gloria
Por ella solamente, pasó por su memoria?
En las noches sin sueño, cuando callaba todo
En su alcoba de virgen, y, en la almohada el codo,
A la luz de una lámpara, dejaba el pensamiento
Libre vagar cual ave que va a mercad del viento,
¿No evocó su memoria los tristes corazones
Que vieron en silencio morir sus ilusiones,
Que nunca su ternura quisieron compartida,
Y sin amor pasaron callados por la vida?...
De níveos azahares la cabellera ornada,
De blanco, y con el velo de casta desposada,
¿Vio su noche de bodas, y vio el hogar tranquilo,
La alcoba en la penumbra, de un puro amor asilo,

Y con el alma inquieta, y el corazón opreso,
Sintió sobre sus labios el anhelado beso?

¿Amó? ¿Cruzó sus sueños una imagen querida?

Dormid, dormid con ella, secretos de su vida,
En tanto que en silencio, y en noche sin aurora,
Un alma, sola y triste, sobre su tumba llora!



Ismael Enrique Arciniegas


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