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    EL CACIQUE GUANENTÁ

Ya Fijados los solares
Por Martín Galiano en Vélez,
Para que la iglesia y casas
Los españoles hiciesen,
Con unos pocos soldados
Indios y cuatro jinetes
A las tierras de los guanes,
Famosos como valientes,
Partió en rápidas jornadas,
Audaz, combatiendo siempre.

Chanchón le sale al encuentro,
Pero la española hueste
Sin que el número de indios
Su brío un punto amedrente,
Traba el combate... Son miles
Los que gritando arremeten.

Flechas ornadas de plumas
Del valle y de cumbres llueven;
Y entre aguda vocería
Que a cada momento crece,
Hacen de los altos cerros
Que piedras enormes rueden
Sobre jinetes e infantes
Que a campo raso se mueven.

Disparan sus arcabuces;
Las espadas cráneos hienden,
Y las aguzadas lanzas
Húndense en pechos y vientres.
Y Chanchón y sus flecheros
Juzgando poder celeste
El que rayos les dispara
Y sobre el campo los tiende,
Huyen a empinadas rocas
Aterrados.

Anochece.
Muy temprano, cuando vino
Radiante el día siguiente,
Al registrar los cadáveres
Ni un collar, ni un brazalete
Hallaron, ni una esmeralda,
De su ambición aliciente:
Sólo colmillos de tigres

Aros de sus puños fuertes;
Y arcos de dura madera,
Que no entre el oro y deleites
Aquellos indios vivían,
Sin saber de vida muelle,
Sino en cerros, cortos valles,
O en suelo seco y estéril,
Ablandándolo en maizales
Con el sudor de su frente.

Y Galiano a Macaregua
Avanzó sin detenerse.
Iba en busca de los guanes
Y de Guanentá, su jefe.

¡Llanura de Macaregua,
Qué monótona te extiendes,
Donde una raza animosa
Al invasor hizo frente,
Con flechas, contra arcabuces,
Con gajos contra jinetes,
Y con piedras contra lanzas
Que en brunos cuerpos inermes
Pusieron abiertas flores
De sangre roja y ardiente;
Llanura de Macaregua
Con tu laguna, que leves
Cruzan las garzas; llanura
Donde hoy en tu calma verde,
A trechos se miran surcos
Que abren perezosos bueyes...
¡Fuiste de hispanos e indios
Campo de valor y muerte!
Sangre de los Macareguas
Y de los Guanes, latente
Savia de mi tierra, donde
Va el Chicamocha entre fuertes
Pedrejones; savia recia
En un suelo indócil: eres
Vigor en almas que libres
Han alentado allá siempre!

Guanentá no se intimida
Ante caballos y aleves
Balas de arcabuz y lanzas
Y cotas que resplandecen.
Pero las espadas fulgen
Y las lanzas; los corceles
En raudo avance derriban
A todos los que hacen frente,
Y entre estampidos de truenos
Escondida va la muerte.
No es lucha contra mortales...
Los que fieros arremeten
Con estrépito y con rayos,
Son extraños combatientes,
Arqueros que el sol envía;
Y a exterminar para siempre
A guanes y a macareguas
Por castigo de Dios vienen.

Por riscos al Chicamocha
Guanentá su ruta emprende.
Con macareguas y guanes
Avanza cuando anochece.
Desfiladeros a un lado,
Desfiladeros al frente...
No podrán seguirlos. Libres
Al fin llegarán al fuerte
En donde el llano de Géridas
Comienza y amplio se tiende.
El río cruzan. Ya salvos
Suben la opuesta pendiente
Pero ven que van tras ellos
Ayudados por cordeles.

Sordos truenos de arcabuces
El aire ardoroso hienden.
Y el ascenso continúan;
En perseguirlos no ceden
Quizá por creer que arriba
Tesoro oculto se encuentre.
Moviendo piedras los indios
Unen su esfuerzo potente.
El río en blancas espumas
En la orilla se disuelve,
Y las piedras van rodando
Por la escarpada pendiente;
Infantes al río caen,
Truenos el aire estremecen,
Y Guanentá en un recodo,
Viendo con rabia impotente
Que no hay flechas en su aljaba,
Que todo esfuerzo es estéril
Ante raza que ha venido
Para su exterminio, tiende
A la hondonada los ojos;
Mano febril a la frente
Lleva, la corona arranca
De plumas rojas y verdes;
El arco y la aljaba tira,
Y resuelto, al verse inerme,
Sube a un solitario risco
Cuando el ocaso se enciende
En arreboles de grana...
Y se arroja a la corriente.

Su fin la historia ha callado,
Mas la tradición refiere
—Ya en lucha inútil vencido—
Su salto heroico a la muerte.



Ismael Enrique Arciniegas


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