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            CANSANCIO

      (A ORILLAS DEL MAR)

Bajo un dosel de cenicientas nubes,
Y el cielo de los trópicos por techo,
Del mar tranquilo en el profundo lecho
Escondida del sol la frente está.
Los viejos mangles de la costa, inclinan
Lánguidas de calor sus cabelleras;
Y el viento de la tarde, en las palmeras
Susurra lento y perezoso ya.

Aquí del mar en la desierta orilla,
Tan risueña otra vez y encantadora,
Demos rienda al pesar que nos devora:
Corra, mujer, el llanto del dolor.
Déjame reclinar sobre las peñas
Mi enferma frente, de sufrir cansada,
Y déjame que llore, desdichada:
¿Por qué me pides pláticas de amor?

Me torturas el alma; yo no puedo
Mentirte una pasión, como tú mientes:
¿Cómo arrojar podrá lavas ardientes
Si sólo tiene hielo el corazón?
¿No has comprendido aún qué significa
De mi mal espantoso la fijeza?
¿Acaso yo no entiendo tu tristeza?
¡Ha muerto ya nuestra fatal pasión!

No finjas más; de nuestros labios salga
Esa verdad, aunque terrible y dura;
No hay lazo ya en nosotros de ternura,
Y arrastramos los grillos del pesar.
Nuestros besos son fríos... nuestros brazos
Ha fatigado el perezoso tedio...
Nuestros ojos se apartan... no hay remedio,
Esta horrible ficción debe acabar.

¿No ves que a nuestro paso todo muere,
Todo se inclina lánguido y se agosta?
¿No ves en las florestas de la costa
Las hojas de los árboles caer?
De tu morada triste a la ribera,
Qué halla tu pie, sino punzantes cardos
En vez de aquellos aromosos nardos
Que entapizaban tu camino ayer?

¿No ves que huyendo, alzó la primavera
De la tierra su manto de verdura,
Y de sus rojos mirtos la llanura
El soplo del invierno despojó?
Las fecundantes nubes ya son idas,
Nuestro horizonte bello empalidece,
El pueblo de las aves enmudece,
Y el trasparente mar se ennegreció.

Lo mismo pasa en nuestro amor, señora;
Su hermosa primavera brilló un día,
Pero hoy, nos mata indiferencia impía...
¡Llegó el invierno al corazón también!
Apagose la lumbre de tus ojos,
Y enmudeció cansado en un instante
Ese pecho, otras veces palpitante
Al abrigar mi enardecida sien.

¿Lloras? también yo sufro, me fatiga
Esta pesada y lóbrega existencia
De horrible saciedad, de indiferencia,
De tormento constante y roedor.
Hay otros seres que al amor se entregan,
Y son felices ¡ay! yo los envidio,
Yo que apenas amé, cuando ya lidio
Con el tedio, la duda, el desamor.

Sufro al mirar que junto á ti, en la playa,
Las llores de la tarde voluptuosas
Abriendo van sus senos amorosas,
Hoy que la noche se extendió en el mar.
Y de su cáliz de marfil turgente
Exhalan sus aromas virginales,
Al soplo de los áridos terrales
Que hace de amor sus pétalos temblar.

Y te contemplo allí, muda inclinando
Tu rostro que el dolor cubre sombrío,
Inundado del llanto que el hastío,
No el amor de otro tiempo te arrancó.
Ya estás marchita, y te pidiera en vano
Para alentar mi lánguida existencia
De los deleites la ardorosa esencia;
Ya el cáliz de tu seno se agotó.

Separarnos debemos par a siempre,
Y un tormentoso porvenir ahorremos;
Nuestros votos mentidos olvidemos,
Fue nuestra historia un sueño de placer!
Libres nos deja el desengaño impío
Cuya segur odiosa nos separa;
Como libres también nos encontrara
Antes de unirnos la esperanza ayer.

.   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .

Ya las aves del mar en tardo vuelo
Van a las rocas a buscar su nido,
Y el tumbo de la mar enfurecido
Su espuma arroja hirviendo a nuestro pie.
Entre el capuz de tenebrosa noche
Se ha perdido a lo lejos la montaña;
Del pescador la lumbre en la cabaña
Pálida y triste fulgurar se ve.

Vamos, señora, por la vez postrera
Nuestro sueño a dormir bajo de un techo;
Porque la noche próxima, en tu lecho
Solitaria y ya libre te hallarás.
Debemos darnos sin llorar, sin pena,
El triste adiós del desencanto ahora:
¡Oh, sí... mañana al despuntar la aurora
Alejarme por siempre me verás!

autógrafo

Ignacio Manuel Altamirano


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