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        AL SALIR DE ACAPULCO

  (A bordo del vapor «St. Louis» de la línea del Pacífico,
  el 30 de octubre de 1863, a las once de la noche)

...Aún diviso tu sombra en la ribera,
Salpicada de luces cintilantes,
Y aún escucho a la turba vocinglera

De alegres y despiertos habitantes,
Cuyo acento lejano hasta mi oído
Viene el terral trayendo, por instantes.

Dentro de poco ¡ay Dios! Te habré perdido,
Última, que pisara cariñoso
Tierra encantada de mi Sur querido.

Me arroja mi destino tempestuoso,
¿Adónde? No lo sé; pero yo siento
De su mano el empuje poderoso.

¿Volveré? Tal vez no; y el pensamiento
Ni una esperanza descubrir podría
En esta hora de huracán sangriento.

Tal vez te miro el postrimero día,
Y el alma que devoran los pesares
Su adiós eterno, desde aquí te envía.

Quédate pues, ciudad de los palmares,
En tus noches tranquilas arrullada
Por el acento de los roncos mares.

Y a orillas de tu puerto recostada,
Como una ninfa en el verano ardiente
Al borde de un estanque desmayada.

De la sierra el dosel cubre tu frente,
Y las ondas del mar siempre serenas
Acarician tus plantas dulcemente.

¡Oh suerte infausta! me dejaste apenas
De una ligera dicha los sabores,
Y a desventura larga me condenas.

Dejarte ¡oh Sur! acrece mis dolores,
Hoy que en tus bosques quédase escondida
La hermosa y tierna flor de mis amores,

Guárdala ¡oh Sur! y su existencia cuida,
Y con ella alimenta mi esperanza,
¡Porque es su aroma el néctar de mi vida!

.   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .
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Mas ya te miro huir en lontananza
Oigo alegre el adiós de extraña gente,
Y el buque, lento en su partida avanza.

Todo ríe en la cubierta indiferente;
Sólo yo con el pecho palpitando,
Te digo adiós con labio balbuciente.

La niebla de la mar te va ocultando;
Faro, remoto ya, tu luz semeja;
Ruge el vapor, y el Leviathan bramando

Las anchas sombras de los montes deja.
Presuroso atraviesa la bahía,
Salva la entrada y a la mar se aleja;

Y en la llanura lóbrega y sombría
Abre en su carrera acelerada
Un surco de brillante argentería.

La luna, entonces, hasta aquí velada,
Súbita brota en el zafir desnuda,
Brillando en alta mar. ¡Mi alma agitada
Pensando en Dios, la inmensidad saluda!

autógrafo

Ignacio Manuel Altamirano


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Libro I. A orillas del mar. Idilio