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                PERJURIO

Pálido el rostro, en lágrimas bañado,
Y ocultando en mi hombro tu alba frente,
Con el seno oprimido y agitado,
Mi mano presa entre la tuya ardiente,

Murmuraste tu adiós. «Voy a alejarme,
—Te dije—, y voy de mi lealtad seguro;
¿En tu constante amor podré fiarme?»
—Tú respondiste—: «¡Siempre! ¡te lo juro!»

Me aparté de tus brazos mudo y triste,
Un infierno llevando el alma mía;
Tú, mi mano al soltar, desfalleciste
Trémula y desmayada en tu agonía.

¡Delirios del amor!...  ¿quién en la vida
Cree ya del juramento en la locura,
Si el alma, reina en sierva convertida
A romper sus cadenas se apresura?

¡Siempre!... ¡si apenas nace el sentimiento
Cuando el cansancio presuroso llega!
¡Si el deleite que dura es un tormento!
¡Si la luz que más brilla es la que ciega!

¡Siempre!... ¡la realidad de la existencia,
Del ideal los sueños desbarata;
Y del amor la fugitiva esencia
El soplo de los tiempos arrebata!

¡Siempre!... ¡imposible y loco devaneo!
Del recuerdo la lumbre, en la memoria
Sólo se aviva al soplo del deseo.
¡Tal es del alma la constante historia!

¡Tierra del corazón! ¡tierra mezquina
Do nada vive, ni arraigarse quiere!
Donde hasta el mal, efímero germina
Y así naciendo, fructifica y muere!

 .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .

Henos aquí del uno el otro lejos;
Las tristes horas del adiós pasaron...
Y del amor los tímidos reflejos
En el mar de la ausencia se apagaron.

En la ilusión de ayer, ¿quién piensa ahora?
¿Verdad que me olvidaste?... lo presumo,
Y a mí, otro fuego el alma me devora:
¿Lo ves, mujer?... el juramento es humo.

Y así debe de ser: ¿la confianza
Quién en ajeno corazón encierra?
¿Quién va a plantar la flor de la esperanza
Sobre ese limo que arrojó la tierra?

Que nunca el alma la tristeza oprima
Y de hoy el lazo que el de ayer deshaga;
Porque el amor guardándose, lastima;
Sólo el que pasa fugitivo, halaga.

Y ha de vivir, la vida del perfume
Que exhala el cáliz de la flor temprana;
La del débil rocío que consume
El primer resplandor de la mañana,

Y así, señora, demos al olvido
Eso que el labio prometió inexperto;
Guardando nuestro amor... fuera mentido,
Pasó muy pronto, pero así fue cierto.

Desde hoy, indiferencia: si algún día,
Por el mismo camino nos cruzamos,
La faz serena y la mirada fría,
No dirán que culpables perjuramos.

Nadie sabrá que un tiempo los sentidos
Ebrios de nuestro amor, y tantas veces,
En apurar pasamos embebidos
Del deleite la copa hasta las heces.

Nadie sabrá tampoco que hora alguna
De placer, amargó letal tormento;
Que nuestro corazón sintió importuna
La espina de tenaz remordimiento.

Nada quitó mi amor de tu belleza,
Ni el fuego intenso que en tus ojos brilla,
Ni la altivez que anima tu cabeza,
Ni las rosas que tiñen tu mejilla.

Ni un surco más en la tostada frente,
Ni una lágrima menos en la vida,
Ni otro dolor que mi desdicha aumente.
Nada me deja tu lealtad perdida.

 .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .

¡Y adiós!... que el goce del perjurio pueda
Darte más dicha que te di, señora;
Qué yo, el absintio que en labio queda
Voy a endulzar con mi placer de ahora.

autógrafo

Ignacio Manuel Altamirano


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