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            A ISABEL

          (EN SU ÁLBUM)

Sereno cielo azul, sol esplendente.
Grandes nubes de púrpura y de gualda
Limitando los mares de esmeralda.

Aquí un volcán, cuya altanera frente
Una corona ciñe trasparente
De nieves y de brumas; y a lo lejos,
En continuas y espesas oleadas,
Las sierras de la costa iluminadas
De la luz tropical por los reflejos.

Bosques do quier de ceibas altaneras,
    De arrayanes frondosos,
    De gallardas palmeras
Bañadas por torrentes espumosos,

Y al pie de las parotas seculares,
    Junto a mansos arroyos,
Agrupados los verdes platanares
    Que entoldan con sus hojas
Los naranjos cubiertos de azahares.

Arcos de perfumados floripondios
    Sobre las frescas linfas,
Circundadas de eneldos y de mirtos
    Como baños de ninfas.

Y pájaros, y flores, y céfiros,
    Formando a todas horas
Con sus cantos, aromas y suspiros,
    Un raudal de delicias bienchechoras,
Del alma adolorida arrulladoras.

Este el santuario es donde se elevan
    Tus dorados altares,
Majestuosa beldad de negros ojos
    Y de atrevida frente,
    Ante quien el creyente
Debe culto rendir puesto de hinojos.

Este el santuario es, do en mi camino
Lleno de admiración vine a encontrarme,
Cuando pobre y cansado peregrino
A esta playa feliz quiso arrojarme
La voluntad potente del destino.

    Mi corazón ardiente,
Que lo bello idolatra y lo grandioso.
    Tu mágico poder adora y siente,
    Y con amor inmenso,
    A tus plantas se acerca
También a tributar su humilde incienso.

Recíbelo, Isabel, y una mirada
Pague mi adoración, con una dulce
Sonrisa de tus labios de granada.

Después voy a alejarme, mas llevando
    Tu imagen hechicera
En el sagrario del cariño oculta.

    ¡Ay! ojalá que siga
Un recuerdo siquier de tu alma amiga
    La estela de mi buque,
Y el camino erial, oscuro, incierto,
Que tengo que seguir penosamente
De una vida infeliz en el desierto.

    Y cuando en algún día,
De la aflicción la tempestad sombría
    Ruja dentro del alma,
Para volver a la anhelada calma
    Evocaré tu nombre,
Y tu recuerdo dulce y sonriente
Disipará la nube de desgracia
Que abrume entonces mi tostada frente.

Colima, febrero de 1864.

autógrafo

Ignacio Manuel Altamirano


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