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                    A ...

    ¡Voy a decirte adiós!... pero no llores...
Nos separa la mano del destino
Que ha cavado una sima en el camino
Que debimos andar juntos los dos.
    Debemos desunirnos en silencio;
Yo disculpable soy, y tú inocente;
Pero un hondo pesar nubla mi frente,
Y antes que sufras mi desgracia... ¡adiós!

    ¿Lo ves? El cielo nos negó la dicha,
¿Qué le hicimos al cielo?... ¡nada... nada!
Ni tú mujer, sensible y adorada,
Ni yo que siempre infortunado fui.
    Mas nos separa... obedecer es fuerza
Su voluntad terrible y poderosa;
Yo arrastraré una vida dolorosa,
Que él me condene y que te salve a ti.

    Ninguna queja amarga de tu labio
Desgarre ya mi pecho dolorido;
¡Oh! ten piedad de mí, mucho he sufrido,
Y para más no tengo corazón.
    Tú lo sabes muy bien, antes de amarte
Era tranquilo, y apacible y tierno;
Mas después que te amé, tornole infierno
El inmenso volcán de mi pasión.

    ¡Cuál te he amado, mujer! No hubo en el mundo
Un sacrificio que por ti no hiciera,
Un lazo que por ti no destruyera,
Todo a tus plantas ¡ay! deposité.
    Te consagré las horas de mis noches,
Los pensamientos de mis negros días,
Y hasta olvidé, mujer, ¿qué más querías?
Por ti, mi dicha, mi ambición, mi fe.

    Nada te pido en cambio, ni el recuerdo
De mis pasados y hórridos dolores,
Ni un suspiro siquiera, ni me llores;
Que todo es vano para amarnos ya.
    Enjuguemos los ojos y callemos,
Y démonos sin llanto en esta vida
Nuestra postrer y triste despedida,
Que es nuestra hora de perdón quizá!

    Abrázame y no llores... sé orgullosa
Y sufre con valor tu desventura;
Apuremos el cáliz de amargura,
Sin miedo vil, sin vacilar los dos.
    Que cubra nuestra historia negro olvido;
No te entristezcas... mira, en lontananza
Hay una luz siquiera de esperanza,
¡La lumbre del osario! ¡adiós! ¡adiós!

1858.

autógrafo

Ignacio Manuel Altamirano


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