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        AL DIVINO REDENTOR

  (PLEGARIA EN UNA FIESTA DE LA MONTAÑA).

Deus, tu conversus vivificabis nos; et plebs tua laetabitur in te.

Psalm LXXXIV, v. 7

Dios, volviéndote a nosotros nos das la vida; tu
pueblo se alegrará en ti.


Salmo LXXXIV, v. 7

¡Oh mártir del Calvario...! Sublime Nazareno
Que escuchas del que sufre la tímida oración,
Que amparas y consuelas en su pesar al bueno,
Que alientas del que es débil el triste corazón.

Piedad para los hijos del pueblo, que inocentes
En la miseria yacen; ¡protégelos Señor!
Tú ves cómo se muestran en sus tostadas frentes,
Que inclinan sollozando, las huellas del dolor.

En tiempos ¡ay! mejores con tierno y dulce acento,
Vinieron a cantarte de tu madero al pie;
Mas hoy las agrias heces apuran del tormento,
Y sólo con su llanto te expresarán su fe.

¡Perdón... ¡Hoy no pudimos en medio a los pesares
Que el pecho nos traspasan, venir a tributar
Ni palmas en el atrio, ni frutos a millares,
Ni aromas en tu templo, ni flores en tu altar.

Los huertos sin cultivo perdieron su verdura,
Baluartes los peñascos de las montañas son,
Cadáveres de hermanos tapizan la llanura,
Y en vez de los arados arrástrase el cañon.

En los maizales tiernos las cañas se doblegan,
Que de la sangre hiriolas el hálito mortal;
Las linfas abrasadas del río ya no riegan
Sino collados mustios y estéril bejucal.

Nosotros desdichados, debajo la cabaña
Las lágrimas vertemos en nuestro amargo pan,
Temblando por la guerra que invade la montaña,
Temblando por los hijos que a arrebatarnos van.

Conturban las congojas el alma del creyente,
De duelo está la patria, de duelo está el hogar,
Los brazos caen rendidos, y en la abatida frente
Descarga rudos golpes la mano del pesar.

Señor, cuando en tu tiempo vagaban perseguidos
Los hijos de tu pueblo, tú fuiste su sostén:
Tus hijos también somos, llegamos aflijidos
Al pie de tus altares ¡protégenos también!

Tú que la paz quisiste, Apóstol de los cielos,
Si a México contemplas, ¡oh sálvala Señor!
Aparta de sus hijos el cáliz de los duelos,
Aparta de sus hijos el bárbaro rencor.

¡Oh, cuál en tu presencia renace la esperanza!
¡Cuán bella entre las sombras empieza a relucir!
¡Ah, sí, la blanca aurora ya surge en lontananza!
Gracias, Señor, ¡es bella... la paz del porvenir!

Entonces quemaremos incienso en tus altares;
Y en vez de esas coronas de fúnebre saúz,
Tendremos frescas palmas y frutos a millares,
Y flores de los campos que adornarán tu cruz.

autógrafo

Ignacio Manuel Altamirano


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Libro III. Cinerarias
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