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        A OFELIA PLISSÉ

        (EN SU ÁLBUM)

Yo no te vi jamás; pero hubo un día
En que un patriota y joven peregrino
Que de esa tierra donde existes, vino
Hasta las playas de la patria mía,
Conmovido me habló de tu hermosura
Que de una diosa el don llamarse puede,
Y que admirable y rara, sólo cede
A la santa virtud de tu alma pura.

—Cruzaba yo, —me dijo tristemente—,
Mi camino erial desfallecido
Temiendo sucumbir, mas de repente
Me encontré sorprendido
Al levantar mi dolorida frente,
Con un carmen florido;
Que resguardan altivos cocoteros,
Que embalsaman oscuros limoneros,
Y que esmaltan jazmines y amapolas,
Y que mecen pujantes
De dos océanos las inmensas olas.

—Es Panamá la bella; la cintura
De la virgen América, allí donde
Del mundo de Colón el cielo esconde
La grandeza futura.

Como símbolo santo, hermoso y puro
De esa edad venturosa y anhelada,
Cuya luz ya descubre la mirada
Del porvenir en el confín oscuro,
Existe una beldad, joven, risueña,
Inteligente, dulce y seductora
Como un amante en sus afanes sueña,
Como un creyente en su delirio adora.

—Es Ofelia, la diosa de ese suelo,
La maga de ese carmen encantado,
De dicha imagen ideal deseado,
El astro fulgurante de aquel cielo.

La perfumada flor, la que descuella,
De corola gentil, fresca y lozana,
Abriéndose a la luz de la mañana
En los jardines ístmicos, — ¡es ella!

—Allí la admiración le erigió altares,
Incienso le da Amor — la Poesía
Le consagra dulcísimos cantares;
Y un himno inmenso Libertad le envía
Entre el ronco suspiro de los mares.

—Yo la vi, la adoré— cual peregrino
A quien la mano del dolor dirige;
Adorarla y pasar fue mi destino.
¡Ay! Yo me alejo, mi deber lo exige,
Mas su recuerdo alumbra mi camino;
Yo llevaré su imagen por do quiera,
Y confundiendo en uno mis dolores
Y en un objeto uniendo mis amores,
Yo escribiré su nombre en mi bandera.

—Tú a esa tierra lejana
En las dóciles alas de los vientos
Envía de tu lira los acentos
A esa beldad que he visto, soberana.

Así me dijo el joven peregrino
Y siguió con tristeza su camino.

Mi alma adora lo bello, y cree, señora;
Te conoce sin verte, y su fe es tanta,
Que como Dios a quien no ha visto, ahora
Como ha cantado a Dios, así te canta.
Como ha adorado a Dios, así te adora.

Acapulco, Julio de 1865.

autógrafo

Ignacio Manuel Altamirano


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