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        A ORILLAS DEL MAR

Esos bosques de ilamos y de palmas
Que refrescan las ondas murmurantes
Del cristalino Técpam, al cansado
Pero tranquilo labrador convidan
En los ardores de la ardiente siesta
A reposar bajo su sombra grata,
Que él si podrá sin dolorosa lucha
Libre de afanes entregarse al sueño.

Mas yo que el alma siento combatida
De tenaces recuerdos y cuidados
Que sin cesar me siguen dolorosos,
Olvido y sueño con esfuerzo inútil,
En vano procuré. La blanda alfombra
De césped y de musgo, horrible lecho
De arena ardiente y de espinosos cardos
Fue para mí. De la inquietud la fiebre
Me hace de allí apartar, y en mi tristeza,
Vengo a buscar las solitarias dunas
Que el ronco tumbo de la mar azota.

Esta playa que abrasa un sol de fuego,
Esta llanura inmensa que se agita,
Del fiero Sud al irritado soplo,
Y este cielo do van espesas nubes
Negro dosel en su reunión formando
Al infortunio y al pesar convienen.

Aquí, los ojos en las ondas fijos,
Pienso en la Patria ¡ay Dios! Patria infelice,
De eterna esclavitud amenazada
Por extranjeros déspotas. La ira
Hierve en el fondo del honrado pecho
Al recordar que la cobarde turba
De menguados traidores, que en malhora
La sangre de su seno alimentara,
La rodilla doblando ante el injusto,
El más injusto de los fieros reyes
Que a la paciente Europa tiranizan,
Un verdugo pidiera para el pueblo,
Que al fin cansado rechazó su orgullo.

Vencidos en el campo del combate
A pesar de su rabia, por las huestes
Que la divina Libertad exalta,
Su dominio impostor aniquilado
Por la verdad que al fin esplendorosa
Tras de la noche del terror alumbra.

Sacrilegos alzando en los altares
Con la cruz del profeta de los pueblos
El pendón de la infame tiranía,
Y allí sacrificando, no a la excelsa,
No a la santa virtud, sino al odioso
Ídolo de Moloc de sangre lleno,
Vampiro colosal que no soñara
La barbarie jamás, en esos siglos
De crimen y de error que las tinieblas
De antigüedad lejana nos ocultan.

Nunca hiciera procaz el sacerdocio
De la mentida religión pagana,
Tantos, al pueblo, desastrosos males,
Como el que sirve al Dios de las virtudes
De México infeliz en los santuarios.

Que los dioses de Menfis y de Tebas
El horror a Cambises predicaban,
Y aquel acento que inspiraba en Delfos
La voluntad del servidor de Apolo
El valor de la Grecia sostenía
Contra el terrible Persa, que su imperio
Sobre innúmeros pueblos extendiera,
Y aquel acento prometió la gloria
De Maratón, Platea y Salamina
Y la acción de Leónidas admirable.

El Capitolio o Cannas deplorando,
Al africano con su voz contuvo;
Del templo de Israel salió radioso
Para triunfar el bravo Macabeo
Y de los Druidas la sagrada encina
Miró a sus pies las águilas de Varus.

¿Quién no admira al teopixque valeroso
En el templo mayor del Marte azteca
Convocando al sonar del cuerno sacro
De Acamapich a los heroicos hijos,
A defender el moribundo imperio?

¿Quién no ve del imán la mano airada
Dirigiendo el alfanje del creyente
Sobre el fiero francés que oprime el Cairo?

¿Quién no olvida del monje el fanatismo
El dos de Mayo, al recordar sus iras
Y al mirarle después en Zaragoza
Sobre el montón de escombros humeantes?

Solo tú, sacerdocio descreído,
Llamas al invasor y lo encaminas
Y lo recibes en tapiz de flores.
Y alabanzas le entonas sobre el campo
Que aún empapa la sangre de los héroes
Que el honor de la Patria defendieron,
Y que riega con lágrimas, el hijo
Digno de una nación desventurada.

¡Y aun sacrílego invocas todavía
En favor del verdugo que llamaste,
En sacrificio odioso, las divinas
Bendiciones de Dios, como si el alto
Y omnipotente Ser a tanta mengua
A tu clamor infame, descendiese!

Y después, las cadenas que forjaste
Ofreces al tirano, en tu venganza,
Cobarde y vil, soñando con la eterna
Esclavitud de México, ominosa.
¿Y es posible, gran Dios, que tal permitas?

¡Ali sacerdocio! A mi infelice pueblo
¿De qué espantoso infierno le arrojaran?
Y a México jamás ¿qué bien hiciste?
Es el oro tu Dios, tus templos antros
Do enseñas la traición ¡maldito seas!
Tu nombre manchará baldón eterno
Y horror será del espantado mundo.

El alma misma del francés patriota
Con profundo desprecio te contempla.
¡Santo amor de la Patria! tú que animas
Los pechos todos ¿te repugna acaso
El alma negra y vil del sacerdote
Que allí no ardió jamás tu puro fuego?

¡Digna alianza del crimen! los magnates
Que tantos años hace, envilecidos,
Ante el corcel de sangre salpicado
De los sátrapas todos, se prosternan,
Vienen también mostrando halagadores
En el marchito seno de sus hijas
Su tributo humillante y oprobioso;
Y sus frentes manchadas con el limo
De todas las vergüenzas, inclinando
Delante del francés, parias le rinden.

¡Cómo abrigan las águilas francesas
Bajo sus alas que meció la gloria
Y sólo dan su sombra a los valientes,
A esos bandidos que rechaza airada
Doquier la humanidad! Nunca los bosques
De la áspera Calabria, ni la arena
Del árabe desierto, ni las torvas
Soledades del Norte, que ligero
Cruza el indio feroz, vieran un día,
Tantos delitos bárbaros y horribles
Cual cometieran en su infanda lucha
En mi Patria infeliz, los despiadados
Guerreros de la cruz y de la iglesia!

¡Francia! País de corazón tan grande,
De pensamiento generoso y libre,
Tú que alumbraste al mundo esclavizado
Y soplaste al alma de los pueblos,
En los modernos siglos, ese odio
Que va minando el trono de los reyes;
Tú que llevando escrita en tus banderas
Con sangre y luz, la libertad del mundo,
En su solio espantaste a los tiranos,
Y en su altar sepultaste al fanatismo:

Tú que recuerdas con tremenda ira
Las orgías del inglés en tus hogares,
Y el insultante grito del cosaco
Al pisar el cadáver del imperio,
¿Cómo vienes ahora en tus legiones
El lábaro feroz de la ignorancia
Y de la injusta y negra servidumbre
A un pueblo libre que te amó, trayendo?
¿Tu misión olvidaste con tu historia
Y manchas tus blasones, despreciando
Tu pura fama, al interés vendida?

¿Es que existen naciones, como existen
Embusteros profetas, que fingiendo
Sacrosanta virtud, al cielo ultrajan,
Borrando el hecho lo que dijo el labio?

Yo te miro república naciente
Ahogar la débil libertad de Roma;
Yo te miro después apresurada
Dar un abrazo a Austria sobre Hungría;
Yo te miro más tarde abandonando
De los zares al fiero despotismo
La suerte ¡ay! de la infeliz Polonia,
Y voy a maldecirte... y me detengo,
No eres tú, no eres tú, pueblo grandioso
Que a la divina Libertad consagras
Dentro tu corazón ardiente culto,
Sino el tirano odioso que te oprime
Raquítico remedo de aquel hombre
Colosal que cayó, cuya grandeza
De escaño sirve y pedestal y asilo
A la ambición del mísero pequeño.

Tal el nombre de César y de Augusto
Tiranos, sí, más grandes, elevara
La obscura mezquindad de Cayo el loco
Del imbécil Claudio y de Enobardo infame.

Tú gimes, tú también, pueblo de libres
Encadenado ahora al solio férreo
Que tu paciencia sufre y abomina;
Mas su injusticia y su furor acusan
El grito de tus nobles desterrados
Y la voz varonil de tus tribunos
Y la cólera santa que te agita.

En tanto, de mi Patria los fecundos
Campos abrasa el fuego de la guerra;
Gimen sus pueblos y la sangre corre
En los surcos que abriera laborioso
El labrador que con horror contempla
El paso de tus huestes destructoras.

Ruge el cañón y con su acento anuncia
La elevación de un rey en esta tierra
De la América libre, cuyo jugo,
Es veneno letal a los tiranos,
Y esta nueva desgracia, todavía
Mi triste patria a tus soldados debe.

El trono del Habsburgo se levanta
Sobre bases de sangre y de ruina,
¿Cómo existir podrá, si sus cimientos
El amor de los pueblos no sostiene?
Su ejército servil corre furioso,
A sangre y fuego su pendón llevando;
La falacia precede tentadora,
Que a las almas mezquinas avasalla;
Y se diezman del pueblo las legiones,
Y los pechos menguados desfallecen,
Y en el cielo parece que se eclipsa
¡De libertad la fulgurante estrella!

¡Solemne instante de angustiosa duda
Para el alma de cieno del cobarde!
¡Solemne instante de entusiasmo fiero
Para el alma ardorosa del creyente!
¡Oh no, jamás! La Libertad es grande,
Como grande es el Ser de donde emana
¿Qué pueden en su contra los reptiles?

 .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .

Ya encendido en el cielo el sol parece
Entre nubes de púrpura brillando...
¡Es el astro de Hidalgo y de Morelos
Nuncio de guerra, de venganza y gloria,
Y el que miró Guerrero en su infortunio
Faro de libertad y de esperanza,
Y el que vio Zaragoza en Guadalupe
La sublime victoria prometiendo!

A su esplendor renuévanse la lucha,
Crece el aliento, la desgracia amengua;
La ancha tierra de México agitada
Se estremece al fragor de los cañones,
Desde el confín al centro, en las altivas
Montañas que domina el viejo Ajusco,
Del norte en las llanuras y en las selvas
Fieras de Michoacán y donde corren
El Lerma undoso y el salvaje Bravo;
De Oaxaca en las puertas que defienden
Nobles sus hijos de entusiasmo llenos
Y en el áspero Sur, altar grandioso
A libertad por siempre consagrado.
Y en las playas que azota rudo Atlante
Y en las que habita belicoso pueblo
Y el Pacífico baña majestuoso.

Sí, donde quiera en la empeñada lucha
Altivo el patrio pabellón ondea,
¿Qué importa que el cobarde abandonado
Las filas del honor corra a humillarse
Del déspota a las plantas, tembloroso?
¿Qué importa la miseria? ¿qué la dura
Intemperie y las bárbaras fatigas?
¿Qué el aspecto terrible del cadalso?
Este combate al miserable aparta,
Del desamparo el fuerte no se turba
Sólo el vil con el número bravea.
¡Cuán hermoso es sufrir honrado y libre,
Y al cadalso subir del despotismo
Por la divina Libertad, cuán dulce!

 .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .

¡Oh! Yo te adoro Patria desdichada
Y con tu suerte venturosa sueño,
Me destrozan el alma tus dolores
Tu santa indignación mi pecho sufre.
Ya en tu defensa levanté mi acento
Tu atroz ultraje acrecentó mis odios,
¡Hoy mis promesas sellaré con sangre
Que en tus altares consagré mi vida!

El triunfo aguarda, el porvenir sonríe,
Pueda el destino favorable luego,
Dar a tus hijos que combaten bravos
Menos errores y mayor ventura.
Pero si quiere la enemiga suerte
De nuevo hacer que encadenada llores
Antes que verte en servidumbre horrenda
Pueda yo sucumbir, ¡oh Patria mía!

Galeana, 1864.

autógrafo

Ignacio Manuel Altamirano


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