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        DETRÁS DE ESA PUERTA

Reconozco este cuarto,
tan impío y sereno con su aire
de testigo aristocrático.
Esa puerta cercana al olor de la alfombra
y la tarde,
el armario ya antiguo y su espejo
donde aún nos estamos amando.
En el centro la mesa desteñida,
casi cubierta por la mano
de unas flores secas, que caen
y caen
después de cada beso, desde un florero extraño.
Aquí hubo dos instantes que hablaron
horas interminables.
También hubo una silla
donde las ropas juntas
dialogaron,
y una barca amorosa como un ave
sobre el horizonte de una rama.
Desde afuera el bullicio de la aurora y los niños
ascendía defendiéndonos
de todo.
Junto al lecho
la ventana cerraba sus ojos
para apagar los años.
Ni una queja en la tarde
(y cómo duele si sangra):
estoy seguro de haberlo recordado
porque tiemblo si hablo.
Un día alguien pronuncia palabras implacables.
Nos despojamos de viejas servidumbres
y tenemos que elegir entre
apariencias devoradas.
Ese cuarto
pequeño, despoblado, tiene una quemadura
de ortiga en sus estragos,
de persiana cerrada en la ceniza
amorosa y distante.

Pétalo duro
en un corazón roto a zarpazos.

autógrafo

Juan Bañuelos


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