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        ORATORIO BAJO EL VOLCÁN

Undosos ríos, plácidas colinas,
llorad la muerte de mi dulce amigo,
llorad, dóricas fuentes cristalinas,
al entrañable Bión llorad conmigo.


Mosco de Siracusa

Murió Efráin y por su muerte lloro.
Lloremos, mexicanos, así el llanto
de lágrimas ardientes no deshaga
la nieve que cubrió el último invierno
su oscura tumba al pie de los volcanes.

Pueblo de cascabeles y de danza,
detente aquí, no rompas su nevado
sueño, que siendo sueño vive unido
a todo lo que invoca, muda y qu eda
del canto y su cendal sobre la tierra.

Las cosas más humildes se estremecen
al roce de su mano entre la milpa
y rasga la guitarra de su eclipse
con las espinas de un nopal florido.
Sus huesos al compás de la hojarasca
mueven la verde espuma de las ramas,
rueda la cera de los cirios ante
su noble calavera que ha bebido
un domingo de fiestas y de ofrendas.

Muerto viril, sin clavos en las manos.
Con enjambre de avispas y pavura
emblanquece la sombra, mientras tanto
cuervos obscenos voznan y se alejan
del cielo de su nombre memorable.

Ni el viento, al río, ni al gemir responde
el eco sordo, que tampoco accede
a imitar hostilmente entre el follaje
su mudez gutural que nos dolía.

Con sonajas de niebla fue humillada,
la muerte y su familia de infamantes.
No invento lo que digo. Lo recuerdo.
Callado, no está muerto ni dormido.
Su voz mueve sus dedos transparentes
sobre un lago. Y saliendo de la tierra
despierto está de planta a trigo fresco,
de grano a flor y en todo lo que sabe
el cereal y los ríos indomables.

Efraín es quien llama desde un pino.
Escucha cómo suena su armonía
en la yegua sensual de la gardenia,
en el cordero de su margarita
y en los claveles de la muchedumbre.

Migración desde Aztlán hasta los cráneos
de azúcar transparente o de crisálida,
el ámbar en su cuello resplandece
como un collar de tribus que volvieran
a repoblar el Valle. De él desciende
el temblor de la nueva primavera:
que la muerte murió, no su poeta.

Cantó Efraín con su sonido tierno
que las fieras su cuerpo en él reclinan
y los ríos ondulan la garganta.

Cantemos, mexicanos, aunque el canto
de sílabas ardientes no deshaga
la nieve que cubrió el último invierno
su oscura tumba al pie de los volcanes.

Milpa Alta, 1983

autógrafo

Juan Bañuelos


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