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        EL DESCENSO DE TZOTS CHOJ

A Juan de la Cabada, que tantas veces visitó el otro mundo

                      1.

Una mujer se está matando sola,
navega dentro de alguien que la oye
y mira a través de sus ojos.

                      2.

Una mujer y un hombre, sin sombras ni voz
caminan; ella escapa corriendo y deja sólo su envoltura que vuela con la ropa.

                      3.

Es tan fina que no soporta el peso de la piel.

                      4.

Ella desde ayer dijo: «Voy a descarnar mi pierna
para que la coma mi hombre; él no trabaja, todo el día
se deleita sólo tocando el huehuetl y viene a casa con hambre.
Una agonía como ahora es preferible».

                      5.

Cuando llegó su amante, comentó: «Tu madre trajo
carne de tepezcuintle para la comida». Tzots Choj la
saboreó confiado. De pronto al ponerse de pie vio
chorrear sangre debajo de la enagua de su  mujer,
que se desvaneció como una sonámbula.

                      6.

«¿Por qué cocinaste tu carne y me la diste? Vas a morir.
Me llevarán contigo y me catigarán». Y la cubrió de juncia

                      7.

Como ranas que en la noche se llaman en el pantano y no se oyen,
así sus bocas no perturbaron los abismos, así sus sílabas sólo fueron espuma sin articulación.

                      8.

Cuando al fin vino la Sombra por la mujer, alzó en vilo
la voz con el peso de los años, suplicante, el esposo:
«Llévame a mí también, pero vivo como estoy.
No quiero morir y sin embargo la amo».

                      9.

La hierba amarillaba en su tallo cuando cruzaron al otro mundo.
La naturaleza estéril, de enrojecidos ojos, disecó el pico del tucán.
De los dos caminos que existen —el Camino Real y el Camino del Descenso—
hay que elegir: el primero rodeado de cedros, lo cuidan cangrejos
de monte que con sus tenazas quiebran los huesos a los muertos;
el segundo, es un camino sembrado de  ortigas, de brezos, de zarzas, abrojos
y bejucos de sangre. La Sombra eligió éste.

                      10.

El descenso por el laberinto fue penoso. Tzots Choj tuvo hambre.
Quiso cazar tuzas y lagartijas del otro mundo; y como allí todos
los animales conversan, lo acusaron y le arrancaron las cejas.

                      11.

Cuando llegó ante el  Sol profundo, fue increpado: «¿A qué vienes?
Aquí no se ocupan hombres sin morir. Por lástima, antes de alumbrar
el mundo, acompáñame a sabanear cangrejos para comer».
El Sol, tan deslumhrado, se olvidó de darle después cualquier alimento.
Cierta noche, le facilitó un ocote prendido para bajar a las quebradas;
el ocote se apagó y el hombre errante fue atacado por los cangrejos.
Entre el chocar de huesos, oyó en la lejanía que chillaban las estrellas
como micos nocturnos, y gritó: «Estoy perdido. Sálvenme. Llévenme
a donde vivo». Las estrellas, temblorosas por la salida del Sol,
pudieron sacarlo de la sima y con el viento lo inclinaron a su casa.

                      12.

Dentro de sus costillass se abrió una somnolienta caverna.
Tuvo miedo de ver a su familia; con frío y hambre no podía hablar
ni saludar a nadie, sólo con señas conversaba. Terror, sorpresa, asombro
oía en el cráneo del infinito.

                      13.

«¿Por qué llegaste con miedo? ¿Por qué volviste con los pies quebrados?
¿Por qué te hicieron mudo? ¿No tocas más el huehuetl? ¿Cómo
mataste a tu mujer?», interrogó la madre.
Rodeada por el silencio, la nana le dijo que subiera a cortar
unas frutas de jobo; cuando el hilo estuvo arriba, la madre
derribó el árbol con su hacha y,  al golpe seco, Tzos Chij recobró el habla.

                      14.

«No la maté», respondió al fin, «sola ella se mató.
Comí su carne por descuido. Me han castigado mucho. Las estrellas
me devolvieron a este mundo para morir.
¿Cuántos árboles debo contar para medir la experiencia?
¿La cordura, acaso, la adquirí danzando?
De ella he comido la carne de su espíritu, el éxtasis
de la tormenta; me he quemado con sus huesos
y ese esqueleto grita asfixiando la niebla de todo el Valle.

En lo alto de su cuerpo
sólo su rostro canta.

No hay nadie
sino el que soy».

                      15.

Al otro día, Tzots Choj murió arrastrado por un río como
llegó al mundo, cuando huracanes y ciclones pastoreaban sombras.

Bosques enteros se levantan sobre sus hombros, mientras camina
a la orilla de la niebla.

Y la brisa va murmurando entre el maíz que se mece:
«los contrarios son igualmente verdaderos».

                      16.

Cada amanecer
una mujer se está matando sola.

autógrafo

Juan Bañuelos


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