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          SEMANA SANTA

          (La saeta)

La cruenta memoria donde el sueño
busca su alivio en vano, el pedestal
sangriento de la noche, boca
de los dormidos, calla no más
al borde del sollozo, resonando
como el agua en el odre, ¿quién
despierta?, mientras va la anarquía
del corazón vertiendo su insaciable
razón mortificada.
                                Aquí se agrieta
el mundo, aquí la carne, aquí
el demonio. Lucha, alma mía,
cuerpo mío, demonio mío, lucha
conmigo tú, mi esclavizado
pueblo, reliquia funeral
del enemigo, tal la aciaga tormenta
en la noche beatífica,
cuando el relámpago profana
el cauteloso atrio de los templos.

Batallas son de fe mientras blasfeman
en la sombra, allí los santuarios
portátiles, los cirios, el capuz
insidioso, el rezo entre requiebros.
¿Cómo huir del ludibrio por las calles
nocturnas, a solas bajo el cerco
de las tulipas y los estandartes?
¿Cómo escapar de todos, regresar
a todos y gritar ante ellos
la proclama más crédula, su idioma
acongojado, dardo propiciatorio que degrada
el hueco en que se hunde?
                                          En otro tiempo
viví yo mismo aquella idolatrada
trasmisión del prodigio, cuando
hasta la herencia de verdad de un hombre
era tomada como agravios y las hogueras
que regían la fe se propagaban
hasta la misma libertad del justo,
restaurando en sus hijos
el castigo que nunca merecieran.

Pero la dulce efigie, el cándido cordero
del holocausto, en mercenarias
andas de impiedad, fueron testigos
del incauto ofertorio de la noche.
Y el ebrio aroma céreo, la alquilada
carga del penitente, el metálico chorro
de las candelerías, los grumos
del incienso sordamente sahumado,
la tiniebla del coro, iban teniendo
la inercia de una patria migratoria,
mientras la terca púrpura intocable
aún vibraba a la luz de las alegorías
sobre el civilizado rostro de la historia.

Así la voz volvía a guarecerse
en la querella, única habitación
del oprimido labio alucinado,
y en tanto ya que las antorchas
envolvían el oro de crespones lívidos,
la palabra gemía enmascarándose
con el suplicio de lo oscuro, ¿quién
despierta?, haciendo más humana
su sagrada quejumbre, ya triunfante
del solemne ritual de las diademas.

Setenta veces siete, entre sedientos
vítores, inválidas culturas, fue la pompa
rindiendo pleitesía a la indigente
reconstrucción de un grito, divisoria
liturgia invulnerable, urna
de resignada tradición de hastío
desde donde la noche va gestando
su reconciliación con la mañana.

autógrafo

José Manuel Caballero Bonald


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