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          TIERRA SOBRE LA TIERRA

          (La seguiriya)

La terrible veta colérica,
fauces voraz que bebe
en nuestro propio pecho su veneno,
es ya un furtivo código, un oscuro
registro de dolor, un sofocante límite
de lo que está detrás de la memoria.

Oh belleza, imposible luna
matinal, que sólo enciende un ascua
gris en el azul inhóspito. Pero
un grito, quizá la contención
más acuciante del espanto, un hondo,
umbrío estertor sin salida, junta
en su trayectoria todo el azar
del mundo, y somos ya lo mismo
que el revés de ese grito,
que el primordial reducto de ese grito,
germen de amor amortiguado
entre sangres que gimen sin sus cuerpos.
Oh belleza, espejo desterrado
en la tiniebla, que sólo deja ver
la adivinada pauta de lo negro.

Como un cautivo fuego, la leyenda
discurre entre las redes
de una ardiente garganta entumecida,
jadeante de rabia y de mordazas,
y chorreando luz por lo más lóbrego,
reúne a golpes insaciables
su armamento de gritos, tránsito
hacia un clamor que ya es de todos,
visionario arrabal de una palabra
ciega, donde la irreparable
comezón de la vida, el vaticinio
de los quebrantos del recuerdo,
las oxidadas llaves de la historia,
rigen, confinan, entretejen
la antigüedad con la inminencia.
juntan el heroísmo y la renuncia.

Sangre en lo tierra y en la boca
sangre, la seguiriya hunde
su volcánico lastre en la conciencia
y allí desata el poderío inane
de sus perecederas iracundias,
indómita equidad, injusta mansedumbre
de la más resignada imprecación.

La quebradiza pena surca
el proceloso sueño
pulsado de temibles tiranías,
el hechizo vibrante de lo inmóvil,
la embestida frenética del ángel
del silencio, hasta que la rompiente
musical de la voz, estacionándose
en lo más irredento de la vida, hiende
la espesura del tiempo y se derrama
más allá de la carne y sus fronteras,
mundo sin nadie ya donde se extingue
el recóndito azar de la memoria.

Canto no: tierra sobre la tierra,
sangre en la sangre, augurio
de la sabiduría más primera, difusa
clarividencia germinal del sueño,
civilizada seguiriya indomable.

autógrafo

José Manuel Caballero Bonald


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