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        HILO DE ARIADNA

Posiblemente es tarde, pero ¿cómo
poder atestiguarlo
mientras Hortensia canta y no se oye
más que su grito de musgosa
lascivia y alguien
habla con alguien de la conveniencia
de acostarse borracho?
                                  De repente
se desató la cinta, hurgando
bajo el embozo de la lámpara
por su anhelante cuerpo,
y en lo tenso del vientre vi
la cicatriz, no producida
sino por el rencor contra ella misma
con algún instrumento
preferentemente cortante.

Vaho de alcohólica música te empaña
el esmalte del rostro, Hortensia, dime,
¿hacemos algo aquí que nos impida
quedarnos juntos
hasta que ya no sea tarde?
                                          En vano
hubiese preferido desasirme, cegarme
en la borrasca, no mirar. Cuerpo feroz
y sin embargo exangüe, desplazaba
sus ya finales contorsiones
al borde de la pista. En vano
hubiese sido huir y no
por reencontrarnos. Pechos
como luciérnagas, tenues, vibrantes
por las cumbres no lácteas, ¿quién
iba a atreverse a interrumpir
su equidistante enemistad, desnudos
como estarían luego en el sopor
del trópico?
                    Hortensia, amor mío,
nadie te va a arrastrar si tú no quieres
desesperadamente que lo haga.

Playa de Naxos, la mayor
de las Cícladas, ya a lo lejos
reverberando entre los barracones
del batey y el bullicioso verde
del manglar, difusa ahora
entre otros raudos turnos litorales
donde ni tú ni yo nos conocíamos.
Abandonada por Teseo, ¿ibas
a despeñarte tú, rebelde por instinto
como tu padre negro apaleado
en Key West, Florida?
                                    Si pudiera
reconstruir un solo
rincón de aquella playa
sin salida posible, si pudiera
volver al sitio aquel, reconocer
la cerrazón de la cabaña, andar
a tientas hasta el último
recodo del silencio, ¿oiría
algo distinto a la fricción
de unas piernas con otras, al barrunto
de alguien aproximándose
en lo oscuro? ¿Vería
aún desde allí, ya en el terrado
de Sanlúcar, asiéndome
al parteluz de la ventana, el bulto
azul de los faluchos y, más cerca,
la agitación de las fogatas
que encendían los sigilosos areneros?

Imágenes sin ojos pasan
con más tenacidad que el giro
extenuante del recuerdo. Hortensia,
hija de Minos, no
es tarde todavía, ven, veloces
son las noches que hemos vivido ya:
aun estamos a tiempo
de no querer salir del laberinto.

autógrafo

José Manuel Caballero Bonald


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