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        ATAJO DEL TIEMPO

Sedienta luz calcárea
que repta entre Damasco y Namaniyya,
la miel solar vertiéndose
por las junturas del adobe
y el brusco ardor del aire
arrastrando rastrojos entre ruinas,
mientras llegas
                        no llegas
                                        a un chamizo
de polvorientos anaqueles, restos
de guarnicionerías y divanes
de ajada piel de cabra, dulces
andrajos de un linaje de príncipes,
y oyes de pronto el torrencial acorde
del arameo, único aduar del mundo
(te dijeron)
donde gentes de venerables rostros
y túnicas hendidas como llagas
hablan aún la lengua que habló Cristo,
en tanto que la trama del aire predecía
ese atajo del tiempo en que se aloja
la palabra matriz de las palabras.

autógrafo

José Manuel Caballero Bonald


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