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  CAMPESTRE

De la hacienda, sonora campana
el silencio rasgó matulino,
y risueña Danira me ofrece
un paseo por almo camino.

Las retamas de seda amarillas
luminosas por el aguacero,
los sitiales, las urnas parecen
de los santos Gorrión y Jilguero.

En la huaca la tórtola obscura
una gema dibuja de gualda;
y la nube de aurora desciende
cristalina del cerro en la falda.

—Ve reír la campánula rosa
en la senda, me dice Danira,
y quizá, por tal risa indignados,
los espinos temblando de ira.

¿Dónde moran verdosos los sauces;
dónde tiemblan los árboles bayos,
no divisas humildes y graves,
misteriosos los guardacaballos?

—No, respondo, en el valle percibo
triste sombra con un capirote.
¿Infortunio será que me sigue
en su largo caballo de trote?

—Son quimeras, Danira me dice,
son temores de tu fantasía;
sé que reina esperanza en el monte
con rosada, celeste alegría.

—Mis temores, por suerte replico,
hoy que llegan del alba placeres
en un sueño de bosque dorado,
son, Danira, saber tus quereres.

Y responde: —En la tapia verdosa
los huanchacos soldados parecen:
centinelas de amor que vigilan
estos campos que dulces florecen.

Saucedal a la vera del río
es un sueño feliz, trepadoras
han tejido los arcos obscuros
y siluetas de luz tembladoras.

Los patillos del mar, caprichosas
han formado viviendas salvajes,
y moviendo las frondas, inclinan
sus cestillos de verdes encajes.

—Oh, belleza, Danira profiere,
titilantes las hojas perlinas
luminoso proscenio han trazado
de telones y de bambalinas.

—Mira, dije, los troncos gigantes
en el claro del monte caídos,
de Gustavo Doré me recuerdan
antañeros boscajes perdidos.

—Sí, responde Danira, semejan
plantas vivas y el álamo probo
los lugares que Perrault describe.
¿Si serás el gigante o el lobo?

—Caballero seré de mi dama,
seré amante feliz, ¡alma mía!
Y contesta con vívidos ojos:
—Ya comienza la sensiblería.

Es engaño sutil... En sombrío
bovedal de lianas caramelo
me figuro que hay duendes morados
¡no se mira ni un claro de cielo!

—Sí, contesto, pero hay de esmeralda
luces bellas, por hojas estivas;
y en cimera del álamo veo
se enamoran las aves festivas.

—¿Dónde están? Soñador insincero,
no percibes del alno cimera:
y si amores, otra vez, anuncias
volveremos en muda carrera.

—¡Oh, jamás! Seguiré verde trocha
con la Eva de mi paraíso,
por el musgo de luz dilatado
por el valle y el monte indeciso.

Y responde: —Por fin de jornada
llegaremos al linde cercano
que ya siento la luz de los cielos
al silbido del tordo galano.

Y también cuculíes se arrullan,
les responden las madrugaderas.
—Esta vez, digo yo, es Danira
la que me habla de amores de veras.

Y la niña la marcha prosigue
sin ninguna palabra ninguna,
la canción principiando harmoniosa
que se canta a los niños de cuna.

A cogerla me torno, festivo,
pero salta en la umbría cual paro,
linda corre en el húmedo césped
del estanque recóndito y jaro.

—¡Valle hermoso!, me dice riente;
mira tú que es la puerta del cielo
esa entrada de campo luciente
de granate, zafiros y hielo.

La lejana pradera simula
un glorioso paisaje soñado:
más, llegando a su puerta olorosa,
percibimos un monte quemado.

Blanquecina y vieja la tierra
de parajes quizá hollados nunca,
con festones obscuros verdosos,
con la duna selvática trunca.

Es mansión de la Melancolía,
el imperio de verde Canicie
y los musgos mortajas simulan
en la fría, callada planicie.

A la vera del bosque, un espino
calvo, obscuro y enfermo se inclina:
se vislumbra con vaga tristeza
una huaca borrosa y albina.

—Vamos, dice, a los páramos rubios
que distantes velados se miran;
pasaremos la turbia muralla,
y sabrás si te quiere Danira.

Madrigueras hallamos calizas,
y cubiles quizá de los pumas,
y dos momias incaicas cubiertas
y verdosas, viejísimas plumas.

De sillares inmensa muralla
color plúmbeo, nos cierra el camino.
—Es, me dice Danira, el palacio,
el palacio de un rey campesino.

Las pisadas sonaron sonoras,
de subir murallón con anhelo;
y miramos radiante campiña
con zacuaras doradas de cielo.

Y suspiran arpegios las aguas,
vivas aguas azules y raras,
y hermosean el campo harmoniosas
con las músicas lentas y claras.

Y a la entrada del monte azulino,
donde el viento las plantas deshoja,
encontramos obscura y alerta
en el sauce la serpiente roja.



José María Eguren


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