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        EL PELELE

Las princesas rubias al triste pelele
festivas marean en cálida ronda;
y loco se duele,
veloz acompasa la giba redonda
y los cascabeles, la turbia mirada,
la nez purpurada.
Las gentiles lucen divinos destellos,
vibrando a la vuelta los crótalos bellos,
con risa ideal;
y flotan, corriendo, lumbrosas las sayas
en las rondinelas y las faramallas;
y canta el aroma azul, virginal;
en torno gravita la nota sombría
en ojos gachones que el amor enciende;
las princesas cantan la pelelenía
que cuentan felices baladas de Ostende;
al pobre le ciñe sombrosa la duda
y vuelve a la tierra la nez puntiaguda;
y pasan en torno la loca matraca
y los figurones de la polinaca
con luz capitosa de hiriente metal;
la luz en el canto, el sueño en las ondas,
animan ingenuas las núbiles blondas,
princesas del mal.
El toque principia de las tarantelas
las danzas caídas y las paralelas,
memorias trayendo de Weber lejano,
la monotonía del triste cingano
y el fugaz amor;
y baila el remiso temblando de horror.

Cuando centellea la luz colorada,
le dan al pelele la zumba palmada;
recuerdan la ronda: la dúlcida y bella,
la risa galante sentida en Marsella
en tiempo remoto del mágico Flor;
la música dulce, lilial de Dinorah,
el canto de cielo; Mireya que adora,
y el son matinal,
de los provenzales la dicha, la calma;
y el pobre pelele se muere del alma,
de escondido mal.
Las princesas rubias pasaron el día
cantando placeres con la tristecía
en la rondinela de la juventud;
y en el gorigori llevando sin duelo,
del pobre pelele caído en el suelo,
el triste ataúd.



José María Eguren


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