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        MEDIOEVAL

En un sueño vienen claras sensaciones florentinas:
el bullicio se acentúa de la ronda callejera,
y repiten sus estrofas en las dulces mandolinas
los mancebos y los pajes que transitan por la acera.

Ya de alegres nubecillas se engalana el firmamento,
ya despuntan de belleza los matices mundanales;
y ora tienen los bastiones colorado paramento
y se asoman las doncellas y floridos barandales.

Palaciegos adornados con plumajes y caireles,
se confunden en los coros donde lloran los maitines;
y resuenan en sus flancos las hebillas y broqueles,
y, en el duro pavimento, los tendidos espolines.

En la plaza se perfilan los gentiles caballeros,
van llegando embajadores que de brillos alardean,
y tras ellos arrogantes paladines extranjeros
en sus yeguas tunecinas que briosas escarcean.

Por la vía que perfuman mirabeles deliciosos,
ves galanes y doncellas en sus rápidas monturas,
los semblantes, los cabellos tienen brillos misteriosos,
tienen brillos misteriosos pavonadas armaduras.

Junto al Arno, dulce ahora florecido y halagüeño,
las beldades nos parecen de la Loggia las teorías;
y son notas de perfume, son las hijas del ensueño,
son la mística dulzura de las muertas alegrías.

Y esas reinas ideales con su velo matutino,
ya se postran, ya contemplan la madona del retablo;
y los jóvenes campeones y el anciano gibelino
fuscos llevan en la cota, junto al pecho, su venablo.

Y ellos saben los silencios de los seres adorables,
en los húmedos rincones donde gime el ermitaño,
y conocen los enigmas de las almas incurables,
los enigmas de la noche, de la muerte y del engaño.

Y esos Grandes circundados de los bélicos colores,
también sufren del Ocaso tristes nubes amarillas;
ve los condes retorcidos en deliquios tembladores,
ve las damas y los reyes; todo el mundo de rodillas.

Y la tarde ya desciende, y en el claustro denegrido
los ascetas dan al cielo su agonía ¡dura suerte!,
y por calles ignoradas va con fúnebre alarido,
va con fúnebre alarido la carroza de la Muerte.



José María Eguren


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