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        INCAICA

A la luz meridiana, en soñar peregrino
miré, en la lejanía, un triste monte andino;
por la falda verdosa veíase el cortejo
del Inca y los caciques en borroso festejo.
La vertiente coronan cactos y secas lamas,
y en hilera apacible, las vicuñas, los llamas;
erguidos guerreadores con festivos plumajes,
desnudos los honderos con aros y tatuajes;
blandían los más fuertes las chontas y las lumas;
con pieles de venados, ovejas, zorros, pumas;
sus cuerpos carmesíes, en las verdes quebrollas,
se veían rodeando la danza de las coyas;
melopea silvestre con acorde inefable,
parecióme anunciaba tormento irremediable;
y los multicolores brillos de gentileza,
teñía negra nube de vesperal tristeza.
Melancólicamente la pareja dorada:
dos nobles indias núbiles, de sombría mirada,
el peñascal ignoto subieron paso a paso,
sin ver que el sol brillante se pierde en el Ocaso;
allí, con tristes llantos y corazón bravío,
pelean y pelean sobre el obscuro río,
sin vacilar combaten trágicas y felinas
y cual las venenosas serpientes purpurinas.
¿Será por viles celos, será por fanatismo
que las indias se hieren al borde del abismo?
¿o guardan la promesa al padre Sol muriente
de purpurar fatales del río la corriente?
¿Pachacamac que elige las almas turbulentas
espera en las espumas las vírgenes sangrientas?
Las filas de colores montesinas y adustas,
las fieles mamaconas y las brillantes ñustas,
los, cabeza alongada, pintorescos vasallos,
la grave turba lenta de los quipocamayos:
toda florida gala, florida algarabía
se borran al Ocaso, en plúmbea lejanía.
¡Y fueron en la noche, bajo dulces cañadas,
hacia el piélago triste las muertas abrazadas!



José María Eguren


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