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        COLONIAL

Linda y caprichosa la rubia ambarina
quiebra los juguetes y la mandolina
y el fino jarrón,
y en el suave tono de risas plateadas,
arañando goza, con uñas rosadas,
la faz peregrina de azul figurón.

Ora con donaire baila la mazurca,
vestida de goda, vestida de turca,
con visajes mil;
y burlona finge con las castañuelas,
las danzas antiguas de abuelos y abuelas,
junto al clavicordio de concha y marfil.

Tornando risueña sus ojos de malva,
a su paje añoso le besa la calva
con alegre son;
y luego presenta, nada vergonzosa,
con infantil gracia su liga de rosa,
los claros encajes de su pantalón.

Cual una pintura que mira colgada,
imita a la mora reina de Granada,
fingiendo morir
de amores; levanta un puñal al pecho;
y al ver al abuelo, de espanto deshecho,
vuelve su alegría sonora a lucir.

Al llegar la noche galante, aromosa,
se pinta lunares en la pierna airosa
y va al rigodón;
donde irán los duques de las golas finas,
y las baronesas con sus crinolinas,
aretes y blondas, collar y pompón.

Y cuando comienza música rosada,
percibe un mancebo de barba dorada
y noble altivez;
de vivos rubores se muestra radiante;
la niña no ignora que es oculto amante
de la virreinita de pálida tez.

Y cuando preludia la banda de amores,
las fugas alegres y medios pudores
de un baile galán,
presenta al amante, de risa el hoyuelo,
le ronda, le mira con ojos de cielo,
y finge un desmayo en fusco diván.

Sintiendo abandono pálida suspira,
con ojos malignos, fugaz se retira,
y rompe con su
caprichosa mano cristal de Bohemia;
y luego principia con cara de anemia,
a probar los vinos del áureo ambigú.

Del viejo cazurro Rino, sin decoro
bebe mientras mira la lámpara de oro,
con siniestro ardor;
y al ver al amante cortinas inflama
y se va diciendo: ¡Que corra la llama,
la llama de amor!



José María Eguren


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