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        NOCHE III

¡Negra noche sin luceros!
¡tarda noche de los fríos aguaceros!
en que llora la veleta,
de pavores con la gama;
y en la fría plazoleta,
hay un monje que me llama;
hay un monje que me llama, aletargado,
a la bruna esquina junto;
hay un monje amoratado
cual difunto.
Allí está, con muda ira
panteonera;
y me mira
con la pálida expresión de calavera.
Allí está ¡cuán tenebroso!
con el hielo y el horror de su figura;
me señala langoroso
con inmóvil risa obscura;
lenta, flava sombra vierte,
¡raro monje de la muerte,
que a mis horas ha venido!
Muda está mi fantasía,
y en la extraña noche fría,
las profundas bocacalles se han dormido;
solo estoy, en compañía
del letal aparecido.
La llamada sólo vibra, cadenciosa;
de rumores contenidos está llena
esta noche tenebrosa
de la tumba y de la pena;
esta noche como lívido sudario,
en que ríe, de la muerte el solitario.
No despunta, retardada,
peregrina la vidente luz de amores,
y en el monte de negrura y de livores
está muerta mi alborada.
Llora, llora la veleta
con las lluvias en concierto:
¡y se dobla, en la dormida plazoleta,
el llamar del monje muerto!



José María Eguren


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