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        ROMANCE
  PARA EL ROMANCERO DE LA GUERRA DE ÁFRICA.

Lluvia de menudos plomos
Y espesa lluvia de hielo,
Sobre las alas caían
Del ave reina del viento.
Dejara el águila el nido
que labró en monte soberbio,
Cruzando el mar en defensa
De sus hijos en destierro.
Vencedora en el combate
Y herida por defenderlos,
Fuerzas le pide al reposo
Para ir a lidiar de nuevo.
Enemigos aquilones
Plumas le arrancan al vuelo:
Ruedan por los campos unas,
Otras en el mar cayeron;
Y bajo el risco eminente
Que la abriga en tosco hueco,
Penachos en sangre tintos
Alfombran en torno el suelo.
Su graznido, aun desde allí,
Le infunde al milano miedo;
Con el dolor de la llaga
Recrece en ella el esfuerzo,
Y pronto al África vuelve
A desafiar a un tiempo
La barbarie de los hombres,
Las inclemencias del cielo.

  Así, por difícil vía,
Con mar borrascosa en medio,
Vienen y al África tornan
Los españoles guerreros.
Llama la patria al herido,
Y al sano la guerra luego;
Compañera de su viaje,
Los va la muerte siguiendo;
Cobra en la batalla, y cobra
Tributo en bajel y en puerto:
¡Valieran los triunfos poco
Si se ganaran con menos!

  Oid el clamor salvaje
De la hueste de Marruecos:
Ya sus espingardas truenan,
Ya sus caballos partieron.
Gime el valle al estallar
El volcán del cañoneo;
Cimbréanse en los collados
Los árboles corpulentos;
Los claros de cada fila
Se ven de repente llenos;
Por el cristiano caído
Pone otro soldado el pecho;
Furioso turbión de balas
Fulminan los agarenos;
Vidas acaban, y vidas
Entre la gloria sin duelo.
Rocas parten las bombardas,
Obra de andaluz maestro:
¡Qué harán, descreído Cam,
Con las carnes de tus nietos!
¡Ahogáis al dolor el grito
Con el de la lucha horrendo!
¡Fuertes paleáis, y fuertes
Dais el suspiro postrero!
El Dios, cuyo altar ahí
Pisaron vuestros abuelos,
Las almas piadoso mire
Que dejan con ira el cuerpo.

  Cadáver hay africano,
Cuyos labios entreabiertos
Guardan con sonrisa fea
De brutal júbilo el sello.
Contaba el mísero iluso,
Soñó, deliró muriendo,
Con el soez paraíso
De su Profeta embustero.

  En tanto, en la hueste nuestra
Mano hábil y ardiente celo
Prestan reparo al destrozo
Que hacen el plomo y el hierro,
Tras las filas apretadas,
Muro palpitante, denso,
De entre los pies del que lidia
Sacan al herido en peso.
De rodillas Esculapio
Fibras ata y une huesos;
Desnuda tierra, harta de agua,
Tiene el doliente por lecho.
No era para España el Moro
Contrario bastante fiero;
Cruel en África el hombre,
Lo son más los elementos.
«¡Victoria!» claman gozosos
Los héroes de Tajo y Ebro.
Contra la voz de alegría
Protesta envidioso el trueno.

  Desátanse recias nubes
En copiosos aguaceros,
Que de las tiendas golpean
Con furia el tupido lienzo.
Fuera, penetrante frío;
Dolores y ahogo dentro;
Torrentes de lluvia arriba,
Y abajo balsas de cieno.
Soldado que en la batalla
Sacó lacerado un miembro,
Con todos paga el fiarlos
Al insalubre terreno.
Dan sus efluvios al aire
Desconocidos venenos;
Los cristianos los respiran,
Y al par la muerte con ellos.

  Víctimas, que aún de la espada
No fuisteis cabal trofeo,
Salid en hombros amigos
De ese infausto campamento:
Ceuta, el mar, Málaga ofrecen
Aura que aspirar sin riesgo.
¿Quién de ese mal los estragos
No vio ya bajo su techo?
¿Quién hay que por él no llore
Madre, hijo, consorte o deudo?
El monstruo horrible del Ganges,
De humana sangre sediento,
Con mayor ansia apetece
La sangre del europeo.

  Ya un cordón interminable
De hombres y acémilas veo,
Que por la playa arenosa
Caminan con paso lento.
Tristes compañeros guardan
A sus tristes compañeros:
Cien tumbas de prisa abiertas
Mostrarán por dónde fueron.
Henchidos los hospitales,
Ceuta hace hospital el templo:
Cruzan el piélago quillas
Con dolientes cargamentos.
¡Valor! ¡Valor! Ved los altos
Chapiteles malagueños;
Esperad: es la esperanza
La mitad ya del remedio.
Vítores y bendiciones
En ruidoso clamoreo,
Las andas humildes cercan
De los triunfantes enfermos;
Y el soldado que angustioso
Doblaba el lánguido cuello,
Revive y se alza al oir
La voz del amor del pueblo.
Tiernos brazos femeniles,
Que hábito recata honesto,
Posan en huecos vellones
Al desvalido viajero.
La ciencia y la caridad
Auxilio le dan y aliento;
Blando aire la madre patria
Le hace con el manto regio,
Y afable y majestüosa
Las estancias recorriendo,
Reparte la Religión
Las palmas del sufrimiento.

  Casta virgen: tú, que pasas
La noche y el día entero
Vigilante cuidadosa
Del que ve el sepulcro abierto,
Dime: de tantos dolientes
Que hallaron en ti consuelo,
¿Quién sufre más? ¿En quién es
Más grande el merecimiento?
¿Dónde está el héroe cristiano,
De resignación modelo,
Que el valor santo del mártir
Añade al marcial denuedo?
Nómbrale, pues, ora ocupe
Grado ilustre o pobre puesto:
Siempre es alta la virtud.
Honor merece y respeto,
Lo mismo en noble adalid
Que en combatiente plebeyo,
Y que en ti y en los ministros
De la ciencia y del Eterno,
Que impávidos arrostráis
Las epidemias y el hierro.

LA HERMANA DE LA CARIDAD
  Yo de rodillas pedí
El hábito en que me miras,
Previendo ya que sus iras
La peste probara en mí.
A buscarla vine aquí:
Riesgo mi vida corrió,
Pero en nada engrandeció
Eso mi sagrado ser;
Cumpliendo estaba un deber,
Y ese me le impuse yo.

  El ministro del altar,
Con impulso igual al mío,
Fue por su libre albedrío
Con los que van a lidiar;
Como él, el sabio en curar
Al campo marchó también:
Coronas condignas den
A su virtud y valor;
Más hay corona mayor:
Guardada para otra sien.

  El capitán valeroso
Que alcanza insigne victoria,
Voluntario de la gloria
Siguió su estandarte hermoso:
Laurel ciña esplendoroso
De gratitud nacional,
Y con aplauso inmortal
Su nombre entre todos ande,
Aún hay corona más grande
Guardada en este hospital.

  Mira allí, entre aquellas dos,
Que son la ciencia y la fe,
Aquel joven que se ve
Pronto a dar el alma a Dios,
No fue de la gloria en pos
Por ver un lauro en sus sienes:
Pasaba, pobre de bienes,
Los verdes años fugaces;
Dijo España: « Falta me haces;»
Y él respondió: « Aquí me tienes.»

  Le hirieron hijos de Agar
Con rabia y feroz delirio;
Por Dios padeció martirio,
Y Él le viene a coronar.
Óyele el nombre invocar
Del que es de justicia sol...
¡Mira en divino arrebol
Su rostro mortal bañado!...

EL POETA
    ¿Quién es ese hombre?

LA HERMANA DE LA CARIDAD
                                          ¡Un soldado
    Del ejército español!

Uclés 3 de marzo de 1860.

autógrafo

Juan Eugenio Hartzenbusch


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