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        AL BUSTO DE MI ESPOSA

Imagen de mi adorada
Consuelo de mi dolor,
Única prenda salvada
Del naufragio de mi amor,

  ¿Por qué clavados están
Siempre mis ojos en ti,
Si jamás en ti verán
A la hermosa que perdí?

  ¿Dónde el fuego de sus ojos
Me ha conservado el cincel;
¿Dónde los matices rojos
De su labio de clavel?

  Mas ¿pudo quedar cautiva
En piedra, tela o metal
Su belleza fugitiva,
Su mirada angelical?

  Naturaleza, al formarte,
Ídolo del alma mía,
Quiso luchar con el arte
Que en imitarla porfía;

  Y dijo con altivez
Después que en ti se miró:
«Que venga el hombre esta vez
A copiar lo que hice yo.»

  Triunfabas, naturaleza,
Y triunfas en mi memoria;
Pero ¡con qué ligereza
Renunciaste la victoria!

  Polvo ya la criatura
Donde brilló tu poder,
No tiene esa piedra dura
Competencias que temer.

  Diestro, escritor, anduviste;
Disculpa mi loco error:
No hay en la boca del triste
Sino acentos de rigor.

  ¿Qué dejaras por hacer
Al que rige las esferas,
Si tú una piedra pudieras
Trocar en una mujer?

  Debiera yo comprenderte,
Y en ese mármol fatal
Ver el triste material
De las urnas de la muerte.

  Memorias de destrucción
Graba en él la humanidad:
¡Era fatídico el don,
Escultor, de tu amistad!

  Yerta me representaste
La faz del bien de mi vida:
¡Pronto la vi convertida
En el mármol que labraste!

  Como él encontré de frío
Su labio cárdeno y mudo,
La única vez que no pudo
Responder al labio mío.

  ¡Cuántas veces, dulce dueño,
Turbó con su huella ardiente
La dulzura de tu sueño
El beso que di en tu frente!

  Mas no te pudo arrancar
De aquel letargo profundo:
De él sólo has de despertar
Al ay de muerte del mundo.

  ¡Qué condición miserable!
¡Cuánta es del hombre la mengua!
¡Tener un ángel que le hable,
Y no comprender su lengua!

  Aquella noche postrera,
Bien mío, de tu vivir,
Tú me hablabas placentera
De un dichoso porvenir.

  En tu semblante lucía
Profética inspiración:
Era tu hablar de alegría,
Y era lúgubre su son.

  ¡Cerca de la dicha estabas!
¡No fue el presagio falaz!
Poco después habitabas
Las regiones de la paz.

  Como antorcha moribunda
Tal vez aviva su fuego,
Y el aire de luz inunda,
Y en sombrase abisma luego;

  Así aureola brillante
De esperanza y juventud
Te ciñó por un instante,
Palpando ya el ataúd.

  Fugaz relámpago aquél
De dicha para los dos:
Todo fue ternura en él,
porque era el último adiós.

  Así nos viene a halagar
Con su plácido arrebol,
Y se hace más bello el sol
Al sepultarse en el mar.

  Leía en tu languidez
La muerte su triunfo vil,
Viendo tu rosada tez
Vuelta en pálido marfil.

  Bella y fuerte de improviso,
Venturas te prometías...
-Era que abrir te veías
Las puertas del Paraíso.

  Tal te miro en ilusión,
Que en mi despecho me arredra,
Muchas veces en la piedra
Que te retrata en borrón.

  Que allá en las horas de calma
Vestidas de obscuridad,
En que misterios al alma
Revela la eternidad;

  Si tu imagen se estremece
Cuando el viento ronco zumba,
Que levantas me parece
La cabeza de la tumba.

  Luz que de purpúrea tinta
Se reviste, porque pasa
Por pliegues de roja gasa,
Tu bulto cándido pinta;

  Y sus rayos se despuntan
En el cristal, (24) que es el velo,
De tu semblanza de hielo,
Y resbalan y se juntan;

  Y ornan la impasible sien
Con diadema esplendorosa,
Cual la que tu frente hermosa
Lleva junto al Sumo Bien.

  La piedra entonces se mueve,
Se reaniman tus luceros:
Ya coral en vez de nieve
Son tus labios hechiceros:

  Y eres tú, la misma, aquélla
Que yo delirante amé,
La que mi vida, mi estrella,
Mi cielo en la tierra fue.

  Tú, mi angélica MARÍA,
Tan bella como te vi,
Tan llena de amor, el día
Que diste el modesto sí.

  De tus labios el consuelo
Nace entre sonrisa pura,
Tu frente exhala ventura,
Derraman tus ojos cielo.

  Buscando tus brazos voy,
Ciego a la luz con que brillas:
Adórote de rodillas,
Y vienes a donde estoy.

  Tu ósculo me hace sentir
Tu inefable ser divino,
Y de su encierro mezquino
Tras ti el alma quiere huir.

  Con tu diestra la detienes,
Y batiendo blancas alas,
Vuelas ¡ay! y me señalas
La mansión de donde vienes.

  Y en tu rápido volar
Despidiéndote de mí
Te paras a pronunciar
Un espera y un allí.

  Y en el espacio azulado
Luego mis ojos no ven
Más que un iris empapado
En fragancias del Edén.

  Disipada la visión,
Cobras la forma glacial,
Mas dejas al corazón
Esperanza celestial.

  Que el hombre que a poseer
Llegó entre delicias mil
Un puro angélico ser
En un cuerpo femenil,

  En el valle del dolor
Querer sólo puede ya
Unirse pronto a su amor
En el cielo donde está.

autógrafo

Juan Eugenio Hartzenbusch


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