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AL EXCMO. SEÑOR D. MANUEL BRETÓN DE LOS HERREROS
          ROMANCE

Más de un siglo se contaba
Desde que el gran Calderón,
El cetro de nuestra escena
En su tumba sepultó.

  De allí su genio seguía
Reinando sin sucesor;
Que a serlo Bances en vano,
Zamora en vano aspiró.

  Y el fecundo Cañizares,
Conociéndose mejor,
Intentaba y resistía
La arrogante pretensión.

  Pasaba el tiempo, trocando,
Con movimiento veloz,
Usos, doctrina y costumbres
En el imperio español.

  Y entre aplausos, a La dama
Duende, y La banda y la flor,
España un Molier pedía,
Sin pensar en Alarcón.

  La musa de Inarco entonces
Las tablas avasalló,
Desde Madrid a donde antes
El inca adoraba el sol.

  ¡Caro triunfo, que pagaron
Luengos días de dolor!
Sin ser la victoria crimen
Se le exige expiación.

  Así a la patria tuvieron
Que decir doliente adiós,
Otros genios que ahuyentaba
Sañuda la proscripción.

  El gran cantor de Pelayo
Y aquél que inmortalizó
De la viuda de Padilla
El indomable tesón;

  El que supo devolver
A Lanuza vida y voz
Para esforzar la defensa
De los fueros de Aragón;

  Y aun aquél que para todos
Indulgencia reclamó,
No la hallaron bajo el cielo
Fulgente con su esplendor.

  Entonces fuerte poder,
Con los vencidos feroz,
De la diestra de un soldado
El noble acero arrancó.

  Y Talía en ella puso
Arma de alcance mayor,
Y la pluma de Menandro
Fue en desquite el rico don.

  Y corren ya nueve lustros,
Y de Valencia al Ferrol
Llenan el teatro el nombre
Y el gracejo de Bretón.

  Le dio Celenio su tino
De sagaz observador;
Tirso y Moreto en el chiste
La encantadora dicción.

  Y en el rústico labriego
Y el atildado señor,
Y bajo el techo de juncos
Y el esculpido artesón,

  Vicio persiguió y flaqueza,
Y juez igual con los dos,
En rimas de oro les hizo
Ser pública diversión.

  Cien fábulas, grande el número
Y el mérito no menor,
Ya regocijadas, ya
Con gravedad en sazón;

  Fallos de benigna ley,
Victorias contra el error,
La España toda corriendo
Hasta el último rincón,

  Lograron no hubiese en ella
Noche sin alto loor
De Marcela y sus hermanas
A la hermosa exposición.

  ¡Bien haya el plácido ingenio,
Bien haya el diestro censor,
Que acusa, y la risa mueve
Del mismo a quien acusó!

  Los horrores y torpezas
Del crimen aterrador,
Y la más aterradora
Para el íntegro varón,

  Ingeniosa o petulante
Rebozada o sin rubor,
Apoteosis del vicio,
Tósigo moral atroz,

  Jamás cabida encontraron
En la mente del autor,
Gloria de Quel y Rioja,
Gloria del pueblo español.

  Quede a la posteridad
La fácil declaración
Que a los cantos de su lira
Lugar señale y valor;

  Y si Góngora y Quevedo
Deben con él, en razón,
De sátiras y letrillas
Partir el jovial honor;

    Y si desde Vega (Lope)
A Vega (Ventura), oyó
Sonar sus gracias Talía
Con más regalado son.

  Los que aparecer le vimos
Astro de luz superior,
De la escena desterrando
La tiniebla en que yació;

  Y le admiramos ayer,
Y le veneramos hoy,
Gratos discípulos, sí,
Dignos del Maestro, no.

  Vida y gloria, bien sin tasa,
Pedimos por él a Dios,
Y este don le consagramos
De fe, gratitud y amor.

Madrid 26 de mayo de 1869.

autógrafo

Juan Eugenio Hartzenbusch


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