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          NANÁ

Su pupila, que embriaga y centellea,
deja en mi corazón como ígneo rastro,
no el fulgor diafanísimo del astro,
sino el fulgor siniestro de la tea.

Sin embargo la adora. Luz febea
trasudan sus contornos de alabastro;
y yo, a sus pies, frenético, me arrastro
como el reptil que en el jaral babea.

¡En dónde estabas Dios, que no pudiste
detener a esa pálida criatura
en camino tan áspero y tan triste!

Si casta fue, puesto que fue tu hechura,
¡por qué la abandonaste! y la hiciste,
¿la hiciste acaso para verla impura?



Julio Flórez


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