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      ALTAS TERNURAS

            II

—Madre—le dije—el fardo de la vida
me agobia de tal modo, que no puedo
resignarme a vivir; y voy, sin miedo,
a entrar en la región desconocida...

¡Sálvame!—su mirada condolida
se alzó a compas de su tembloso dedo,
y —espera—dijo, con susurro quedo—
¡Dios besará los labios de tu herida!

Después, cogió en sus manos mi cabeza,
y la apoyó en su seno, q'el quebranto
enjutó en una vida de tristeza.

¡Y humedeció mi frente mientras tanto,
como con un bautismo de pureza,
con el agua bendita de su llanto!



Julio Flórez


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