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      ALTAS TERNURAS

            VII

Desde aquel día, refrené la amarga
obsesión de morir; y, con paciencia,
Madre, por ti, llevé de la existencia,
calladamente, la penosa carga.

¡Hoy que el recuerdo de tu amor embarga
mi corazón, resurge tu presencia
de Mártir, en la sombra y la inclemencia
de esta noche tan lúgubre y tan larga!

Óigote alzar tus fervorosas preces,
y, por poner a mis temores traba,
ocultarme tu angustia: ¡Cuántas veces,

por no hacerme sufrir —¡tarde lo entiendo!—
contuviste la tos que te mataba...
pues, sin saberlo yo... te ibas muriendo!



Julio Flórez


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