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      ALTAS TERNURAS

            VIII

Aún te miro —con el alma loca
por el pesar— tendida sobre el suelo;
de tus pupilas empañados el cielo,
sangre manando la entreabierta boca.

Me parece que aún mi mano toca
tu frente blanca y fría como el hielo;
y que me abrazo a ti, como un anhelo
furioso, ¡como el náufrago a la roca!

Beso, otra vez, tu boca inanimada,
como una flor de nieve empurpurada
por la sangre que rápida corría...

Y oigo mi grito, el formidable grito
que voló de mi pecho al infinito.
aquel grito de: Muerta ¡Madre mía!



Julio Flórez


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