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        MARTA

          VI

Los redondos capullos de su seno,
—brotes de grana y de nevado armiño—
violentaban el raso del corpiño
que sujetaba su contorno heleno.

Con su triste mirar de Nazareno
y su sonrisa cándida de niño,
tras de sí se llevaba mi cariño:
todo este corazón... que ella hizo bueno.

Cuando hablaba, su voz era murmullo
de onda lustral, embriagador arrullo
jamás oído en el mundano suelo;

Yo, sus frases, a veces, no atendía,
sólo por escuchar la melodía
de su voz, —¡canto que bajó del cielo!—



Julio Flórez


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