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        MARTA

          XXII

Calló el mancebo; y, con la faz helada
por la brisa nocturna, tristemente,
llegose al banco, mudo confidente
que gozó el dulce peso de la amada.

Absorto le seguí con la mirada
a través de las hojas; de repente,
postrose de rodillas, y, doliente,
de su boca brotó una carcajada.

Yo, respetar queriendo sus querellas,
por las calles del parque medio oscuras,
torné, siguiendo mis recientes huellas.

¡Alcé los ojos! y, ¡radiantes, puras,
me pareció que toda las estrellas
lloraban de dolor en las alturas!



Julio Flórez


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