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        GLORIA TROPICAL

El sol va a fenecer; su último lampo,
ya desteñido, en la extensión se pierde
de la infinita soledad del campo,
sobre el tapiz de la llanura verde.

Y, al ocultar su poderoso disco,
tras de la cumbre del lejano monte,
en pira toma el enhielado risco
que horada la quietud del horizonte.

Y cae, al fin, tras cenicienta nube
que el postrer rayo de la luz ataja.
Ese sol, tan alegre cuando sube
¿Por qué será tan triste cuando baja?...

Allá lejos, desfila,
por sobre los esteros dilatados,
una tropa de garzas, lentamente,
que semeja, en la atmósfera tranquila,
luengo festón de lirios inviolados
que van del sol a coronar la frente.

En el mar, ni una barca se divisa
a través de los velos de la bruma,
ni una ola rizada por la brisa,
ni un penacho de espuma.

El aura, temblorosa,
cargada de perfumes de azahares,
deslíe, entre la tarde silenciosa,
los susurros de amor de los palmares.

¡El cielo está incendiado! ¡Arde el ocaso
como un enorme purgatorio; y arde,
en el confín del horizonte el raso
de la túnica roja de la tarde!

¡El sol dio en el azul su postrer paso!...
¡Ya cerró, tras de sí, la colgadura
de la sombra... en su féretro de oro yace,
bajo su regia sepultura!

Llora el cielo y la lluvia de su lloro
es de estrellas; la noche avanza, obscura,
sobre el rojo cadáver, y parece
que todo va a morir; pero, a medida
que la tiniebla en lo insondable crece
y el silencio se ahonda, la gran vida,
la inmensa vida, en lo alto resplandece.

Llena la sombra el firmamento. El día
recogió el alma pudibunda y bella;
y, entre las flores de la noche fría,
como un loco de luz. Venus descuella.

Del gran collar de perlas de la Vía
Láctea, la Cruz Austral, inmóvil,
pende con sus cuatro miríficos diamantes,
y, desde el seno de la noche, envía
su albo fulgor, mientras la luna asciende
con sus agonizantes
resplandores y su melancolía,
sin asomar aún, aunque ya esplende
su luz tras de la negra serranía.

Blanco jirón de nube,
hacia la comba del espacio inmenso,
como un extraño y lívido querube,
como un espira de compacto incienso,
desde una cresta de Los Andes, ¡sube!

Y al fin demora en la mitad del cielo,
dejando a trechos, opalinos rastros;
¡y, a través del, como a través de un velo
de novia, vense pestañear los astros.

Y en las altas regiones
temblorosas y puras,
aparecen las mágicas figuras
de las constelaciones!

¡Mientras que, los planetas
tras el carro del sol, ígneo y radiante,
van, como apocalípticas saetas
hechas de fuego, en vértigo incesante!

En una nebulosa
que, por su forma y su blancura, afecta
los contornos del seno de una diosa,
rojo, al pasar, de pronto se proyecta
Marte, como una herida luminosa.

Y entre el crespón de una estrella,
quizás enamorado de una estrella,
de la cual sigue la infinita huella,
el gigante Satumo
arrastra, como un místico tesoro,
sus enormes anillos. ¡Para ella
prendas serán del luminar de oro!

La luna, como una
resplandeciente cuna,
menguada asomó ya; cual un navío
hendido va en el vacío
del mar silente de la noche bruna.

Entra en un nubarrón y se recata,
como una novia tímida en su coche,
y alumbra, con su lámpara en su coche,
el calabozo inmenso de la noche.

¡Va del difunto Sol tras de las huellas,
y, en el instante en que su disco asoma
futra del nubarrón, finge la coma
de alguna frasecita escrita con estrellas!

¿No será la herradura,
hecha de plata y oro, que en sus vuelos
dejó caer, en la estrellada altura,
el crinoso corcel de la negrura,
al recorrer el circo de los cielos?

Va al cementerio de los astros; ¡Honda
profundidad, en donde el Sol ya extinto,
dejó un retazo de su cauda blonda
en el turbión de su hemorragia tinto!

Al verla el mar, en la extensión desnuda
lanza un suspiro doloroso y tierno;
y, entre las sombras de la noche muda,
comienza el canto del «Idillio eterno».

El diálogo en que el mar la invita a solas,
bajo el flotante toldo de las brumas,
a que reciba el beso de sus olas
sobre su blanca sábana de espumas.

Mientras que, en la oquedad honda y siniestra
del alto nubarrón y sobre un risco,
semejante a un titán que alza la diestra,
como enferma de amor, la Luna muestra,
de cuando en cuando, el ojeroso disco.

¡Entre el abismo que la sombra cierra,
se oye luego un rumor trémulo y blando:
es la Noche, que está, sobre la tierra,
puesta de hinojos y ante Dios, orando!

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¡Oh Dios! Al contemplar tus maravillas,
Al conocer tu mágico portento,
Yo también me posterno de rodillas
Ante tu único altar: ¡El firmamento!



Julio Flórez


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