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        FIN DE UN DRAMA

¡Oh, viejo mar azul! —trágico amigo
de mis tristezas mudas e ignoradas!
Cómo me place sollozar contigo,
cuando la luna entreabre su postigo
de nubes, en las noches sosegadas
y se asoma a mirarnos, desde l‘hondo
de la celeste bóveda, entre tanto
que, ante su disco pálido y redondo,
cae y desciende hasta tu mismo fondo,
amargándote más... ¡todo mi llanto!

¡Oh, viejo mar azul! ¡Oh, hermano! ¡Cómo
mi inconsolable espíritu se alegra,
cuando sacudes tu encrespado lomo,
y lloran, sobre ti, nubes de plomo,
bajo los lutos de la noche negra!

Como un monte que vuela, como un monte
que horada y ennegrece el horizonte,
va un nubarrón hacia la etérea altura:
Denso, medroso; avanza lentamente;
sube... de pronto, la fugaz serpiente
del ígneo rayo incendia la negrura,
y en un vivo zigzag resplandeciente,
recorre toda la gigante hondura
y se extingue, en las sombras, ¡de repente!

Un grito pavoroso, un grito inmenso,
cada vez más profundo y más intenso,
la atmósfera, al sentirse desgarrada,
brota de los abismos de su seno,
como un ay! hondo y fúnebre: es el trueno
que, como una nevera despeñada,
retumba y va como corcel sin freno,
sobre enorme timbal, de espanto lleno,
por la siniestra bóveda enlutada.

El sol ha muerto. El nubarrón, ahora,
va descendiendo hacia la tierra... ¡y llora!
Cae la lluvia en gélida cascada,
                      con furia aterradora,
sobre la mar convulsa y alterada; 1
e inunda la cubierta del navío,
desde donde ella y él, ven la traidora
mar, que sacude extraño escalofrío.

Sopla el ronco huracán en su bocina 2
gigantesca; y el barco que se inclina,
ante el soplo invisible y formidable
que las jarcias y mástiles golpea,
sube hasta el lomo de falaz colina
de agua crespa... ¡momento inacabable!
              ¡El barco, cabecea! 3
¡Ya desciende!... ¡ya se hunde! ¡ya se empina! 4
Ya la Muerte, en el vórtice negrea!

Ella, lívida y mustia,
las pupilas pasea
por el terrible mar, llena de angustia,
¡mientras q‘el nubarrón relampaguea!

Él, calla; no ha sentido
ni el estruendo del mar ni ha visto el rayo.
¡En torvos pensamientos sumergido,
y como preso de mortal desmayo, 5
parece un muerto a quien llegó el olvido!

Ella, con anhelante
mirada, lo interroga, lo investiga...
De pronto, d‘el, poniéndose delante,
—¡ven!... ¡Mi profunda desazón mitiga!
 ¡Ya resistir no puedo!...
¿Por qué desprecias a tu pobre amiga?—
clama, y concluye: —¡ingrato!, ¡tengo miedo!

Él, con el ceño adusto,
la mira; yergue su flexible busto,
y, con risa sarcástica, murmura,
cruel, haciendo singular remedo
de aquella melancólica hermosura:
—¡Ven!... ¡Mi profunda desazón mitiga!
¡Ya resistir no puedo!...
¿Por qué desprecias a tu pobre amiga?...
¡Ingrato...!, ¡tengo miedo!...

—Infame—digo yo... ¡Dios te maldiga!
¡Miedo tienes! ¡Ah, sí!... No lo tuviste
ayer cuando traidora me engañaste,
                  y solo me dejaste...
¡Solo!... ¡tan solo!... ¡y deshonrado y triste!
                  Pide perdón... siquiera...
 y serás perdonada... ¡aunque me muera!

¡Rompe esta trama pérfida y confusa!
                  ¡Arcángel y... ramera!
                  di: si todo te acusa,
                  ¿por qué niegas tu falta?
Di: si tu empeño mi furor exalta,
¿por qué tu lengua la verdad rehúsa?
Ya que sembraste el cardo en mi camino,
hasta ayer tan hermoso y enflorado, 6
            ¡confiesa tu pecado!...
¡Confiésalo!... ¡te adoro!... ¡te abomino!—
dice, y la espalda vuelve,
mientras, ella, postrada de rodillas,
su corazón en lágrimas disuelve,
y estruja, con sus manos, sus mejillas.

—¡Soy inocente!—clama; y corrobora:
—¿Por qué dudas de mi? ¿Por qué me humillas?
¡Nadie en el mundo, como yo... te adora!—.

Eriza el mar sus tumbos como crines
espantosas; y suenan, suenan, suenan,
los altos atambores y clarines
de la borrasca, en todos los confines,
y con sus voces el espacio llenan! 7

¡Y el mar redobla su pujanza y ruge!
Crispa sus olas como enormes garras!
Fiero león que tiembla!... El barco cruje
y baila sobre el mar, como una hoja
que va a tragarse el vórtice!
                                          Una hoguera
en la fúnebre sombra reverbera,
flamante, viva, roja:
es un faro... que anuncia la ribera.

Valles, riscos y montes estupendos
de agua oscura y colérica, se agitan
en negra confusión, como tremendos
monstruos que se revuelcan y encabritan
con diabólico estrépito...

                                    El navío 8
húndese en las entrañas 9
del piélago bravío 10
que finge, bajo el cóncavo vacío
un desmoronamiento de montañas.
Con vigoroso aliento,
un hombre nada hacia la orilla, ¡nada!

¡Es él..., es él, que con las olas lucha
entre el clamor horrísono del viento!
Como una queja aguda y desolada,
una voz en los ámbitos se escucha: 11
—¡Perdón!... ¡perdón!... ¡ven!... ¡sálvame! ¡cobarde!—
Es ella que sucumbe... abandonada! 12
De su terrible acento haciendo alarde, 13
el hombre que se aleja, la mirada
torna atrás, un momento,
y grita, próximo a arribar, —¡es tarde!—
Y nada... y nada... y nada...
y sale al fin del hórrido elemento! 14

Después: el faro entre las sombras arde.
¡Mudos están: el mar y el firmamento!

¿Por qué se asombra tu mirada vívida?
¿Por qué te pones lívida?
¿Te hace daño este cuento?



Julio Flórez


Otras versiones traen estas variantes

1 sobre la mar convulsa y encrespada;

2 Sopla el viejo huracán en su bocina

3 zozobra...el barco...cruje...cabecea

4 ¡Ya desciende!... ya se hunde...ya empina...

5 y como presa de tenaz desmayo,

6 hasta ayer tan hermoso y perfumado,

7 y con sus voces los espacios llenan!

8 Pero el barco se hunde

9 sin aliento

10 un hombre nada hacia la orilla, nada;

11 un gran grito en los ámbitos se escucha:

12 Es ella que se ahoga... abandonada!

13 de su potente voz haciendo alarde,

14 y sale al fin del líquido elemento.


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