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            XXI

Cuando tú quebrantaste el juramento
aquél... (¡y en qué ocasión!) en mi alma muda
floreció en un momento
el árbol ponzoñoso de la duda.

Cuando a infame traición luego ayudaste
casi en tu propio hogar... la flor bendita
de la fe, que en mi espíritu sembraste,
cerró su cáliz y rodó marchita.

Si ese árbol vive aún... ¿la culpa es mía?
Si se secó esa flor... ¿mía es la culpa?
Si todo efecto fue de tu falsía,
¿quién, al verte sufrir, no me disculpa?



Julio Flórez


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